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   Chapter 45 No.45

Juanita La Larga By Juan Valera Characters: 19456

Updated: 2017-11-30 00:04


Cuando Juanita se quedó sola se lavó la cara y las manos, se alisó el pelo y sacó del armario el famoso vestido de seda regalo de don Paco.

Ella había tenido cuidado de refrescarlo y de modificarlo, dejándola a la moda del día. Con tela que tenía de sobra el corte, y que ella había guardado, se había hecho un nuevo corpi?o de medio escote, a propósito para recepciones y tertulias. Se puso este vestido, se miró al espejo y quedó muy satisfecha encontrándose bien.

Al volver Rafaela y al ver a Juanita vestida de gala, tuvo nuevo motivo de admiración.

Juanita y la criada encendieron después los tres velones que tenían, cada uno con cuatro mecheros.

Encendieron además veinte o veintidós velas de cera, y lo iluminaron todo tan ricamente, que la casa parecía aderezada para una solemne fiesta.

A poco llegó Juana la Larga, no trastornada, porque era sobria y prudente, pero algo sobreexcitada y de buen humor por haber presidido la opípara cena en casa de don Andrés Rubio, cenando entre el rey David y San Pedro.

Al ver Juana la Larga la iluminación que en su casa había, y cuyo fin ignoraba, receló por un instante que se había excedido en beber vino y que a causa de aquel exceso veía tantas luces.

Pronto la tranquilizó Juanita explicándoselo todo.

Juana se puso más contenta que unas pascuas.

No bien dieron las diez y media entraron casi a la vez todos los convidados. Eran estos do?a Inés y don Alvaro, don Andrés Rubio, el maestro de escuela don Pascual, el tendero murciano y do?a Encarnación, su mujer; el padre Anselmo y don Paco, personaje principal de la fiesta. Venía este hecho un brinquillo, muy bien afeitado y peinado, con la levita nueva, regalo y obra de Juanita, y en el ojal con la condecoración azul que ella le había concedido.

Todos estaban ya informados de lo que iba a suceder, unos directamente por Juanita, según ya hemos visto, y otros por medio del maestro de escuela, a quien Juanita había dado el encargo de convidarlos. No fueron, pues, indispensables ni discursos ni explicaciones. Reinó allí muy cordial alegría.

Rafaela, auxiliada por Calvete, a quien llamó para este fin, sirvió un delicado piscolabis. Para los que no habían cenado o tenían suficiente capacidad estomacal hubo chocolate con hojaldres y con torta de aceite; y para todos, mostachones, roscos y bizcochos de espumilla con mistela y dos o tres clases de rosolis.

Cuando cundió el regocijo y se aumentó la animación de todos, Juanita los formó en círculo, asidos de las manos, y se puso a cantar con mucha gracia y con muy afinada y buena voz, aunque no había estudiado música, el célebre cantar del conde de Cabra:

Yo no quiero al conde de Cabra,

conde Cabra, ?triste de mí!,

que a quien quiero solamente,

solamente es, ?ay!, a ti.

Al cantar ese ??ay!, a ti?, Juanita miró con ojos muy dulces a don Paco. Luego siguió cantando:

Arroz con leche,

me quiero casar

con un guapo mozo

de porte real.

Y tocando con sus manos en los hombros de cuantos había en el corro, sin excluir al cura, que la miraba complacido, Juanita fue diciendo:

-Ni con este, ni con este, ni con este.

Al llegar a don Paco, que dejó Juanita para lo último, dijo: ?Sino con este?, y le dio un abrazo muy apretado.

Don Paco la tomó por la cintura, la chilló, la aupó y la levantó a pulso dos o tres veces en el aire.

Todos aplaudieron y gritaron:

-?Que vivan los novios!

Anunciada ya la boda para lo más pronto posible, los futuros esposos fueron felicitados.

El padre Anselmo, viendo que don Andrés y los se?ores de Roldán hacían regalos muy lucidos, no quiso ser menos, hasta donde sus recursos lo consintieran. Y con el fin de que su regalo tuviese el significado de retractación y palinodia, prometió hacer venir de Madrid un lujoso corte para un vestido de seda.

El maestro don Pascual estaba harto mal de dinero, pero tenía buenos libros, y quiso dar inmediatamente, para regalo, a Juanita algunos tomos de la Biblioteca de Ribadeneyra, entre ellos El Romancero general y las Comedias Tirso, a cuyas heroínas era Juanita muy semejante por lo desenfadada y traviesa.

Don Ramón, que traía en cartera el pagaré para que Juana lo refrendase y pusiese en él su visto bueno, en vez de dar o prometer, recibió, por lo pronto, las veinticinco onzas peluconas, o sean los ocho mil reales. Pero don Ramón se sintió estimulado a competir y hasta a vencer su generosidad a los otros. Dijo al oído a su mujer el prurito que sentía de ser generoso y do?a Encarnación tuvo que dominarse para no ara?arle. La generosidad triunfó, a pesar de todo, en el corazón del tendero murciano.

-Juanita-dijo-, yo te doy dos mil reales para que te merques un hermoso brazalete de oro, diamantes y perlas.

Al hablar así, don Ramón devolvió a Juanita el pagaré que ella había firmado. En seguida a?adió:

-Según el pagaré, tú me eres deudora de diez mil reales, y como me has dado ocho mil, me debes dos mil aún. Yo te los perdono.

La generosidad de don Ramón fue solemnizada por toda la concurrencia con los más ruidosos aplausos.

* * *

Veinte días después de lo que acabamos de contar se celebraron las bodas de Juanita y don Paco.

Los mozos del lugar no prescindieron de la cencerrada que debía darse a don Paco como viudo.

El y Juanita la oyeron cómoda y alegremente desde la casa y alcoba de don Paco, donde Juanita estaba ya, sin que hasta la una de la noche los molestase el desvelo que podía causar aquel ruido. Cesó este al fin, convirtiéndose en vivas y aclamaciones, merced a la simpatía que inspiraban los novios y a una arroba de vino generoso y a bastantes hornazos y bollos que el alguacil y su mujer repartieron entre los tocadores de los cencerros.

Así don Paco se durmió al fin con reposo y merced al silencio, y también se durmió Juanita, a la vera suya, como mansa cordera y no como fiera leona; suave y graciosa como Jerusalén y no terrible como un escuadrón de Caballería.

* * *

EPILOGO

Después de los sucesos referidos han pasado seis o siete a?os.

Posible es, por más que a mí no me apesadumbre, que los personajes principales que en esta historia figuran a nadie interesen; pero como yo he tenido que tratar con ellos y que describir sus caracteres, les he cobrado bastante afición, despertando en mi alma curioso interés la situación y término en que hoy se hallan.

Interrogado por mí el diputado novel a quien debo el relato, me ha comunicado las noticias que voy a transcribir como contera o remate, aunque los críticos lo tachen de superfluo.

Don Paco sigue gozando de la privanza del cacique y gobernando en su nombre cuanto hay que gobernar en la villa. Juanita, casada con él, le adora, le mima y le ha dado dos hermosísimos pimpollos: una ni?a, que se llama Juanita la Larga, tercera de este nombre y apellido, y que promete valer tanto como su madre, porque ya es muy linda, picotera y graciosa; y un Ricardito, como su abuelo materno, que es un diablejo, ágil, robusto y bullicioso, por lo que sus padres le destinan a que sea, también como su abuelo, oficial de Caballería.

Juanita no ha embarnecido. Está gallarda y bonita como siempre. Se viste de seda, sin que el padre Anselmo la censure en sus sermones, y parece una princesa encantada, pues no pasan días por ella. Tampoco envejece don Paco, porque la felicidad mantiene, conserva y hasta remoza, y él es feliz de veras.

El pobre don Alvaro de Roldán es el que está muy averiado. Hace ya tiempo que se quedó lelo, paralítico y con los dedos engarabitados. No se sabe si es falta de la lengua o de algún otro órgano del aparato vocal; pero lo cierto es que ya no puede decir ni dice, sino:

-Ta, ta, ta, ta, ta.

Do?a Inés le cuida con esmero y cari?o de esposa; pero como es tan moralizadora y tan conmocionante, le reprende a menudo con suavidad.

Cuando, a pesar de su deplorable situación, a Serafina, que le cuida, la mira con ojos encandilados y lo ve do?a Inés, esta le dice:

-?Es posible, Alvarito, que no te abandone el demonio que te posee? ?El vicio, que huye de todo tu cuerpo, se te mete en la cabeza y no te deja! ?Da asco y vergüenza!

-?Ta, ta, ta, ta, ta!-contesta don Alvaro. Si por se?as se queja del estómago o del vientre, que le muge como si tuviera allí, no una borrega, sino dos o tres becerras, do?a Inés exclama:

-Si te lo tengo dicho mil y mil veces: siempre has sido un glotón de siete suelas; pero ya, hijo mío, no estás para eso. Tus fuerzas digestivas son muy pocas. Menester es que te moderes y que seas sobrio si no quieres reventar el día menos pensado.

Y don Alvaro responde:

-?Ta, ta, ta, ta, ta!

Calvete, que ha pasado de zagalón a ser un mozo muy gentil y brioso, que es al mismo tiempo travieso y más malo que la quina, viendo que don Alvaro no puede quejarse de sus travesuras, ya que ni habla ni escribe, se deleita a menudo en ponerle furioso.

Para ello acude a Serafina, que está muy frescachona y floreciente y que sigue tan regocijada como en su primera juventud. En las barbas de don Alvaro se pone el bellaco de Calvete a retozar amorosamente con Serafina; y don Alvaro, fuera de sí, con espumarajos en la boca, grita como un energúmeno:

-?Ta, ta, ta, ta, ta!

Y cada ?ta?, por el tono con que don Alvaro lo suelta, parece un centón de blasfemia y una letanía de maldiciones.

Do?a Inés suele acudir entonces, y dice:

-?Por qué chillas tanto, diantre de hombre? Lo que tú padeces nada vale en comparación de la hiel y vinagre que dieron a Cristo. ?Piensas tú que chilló nunca Job en el muladar tanto como tú chillas ahora? ?Sufre y ganarás el cielo!

-?Ta, ta, ta, ta, ta!-dice don Alvaro, algo resignado. Do?a Inés suele también moverse a compasión y dice a

Calvete:

-?Muchacho!, haz alguna de tus chuscadas para que el se?or se distraiga y regocije.

Y contesta Calvete:

-Pues si las hago a manta y el se?or rabia y chilla más. Como está tan jaquecoso....

Y exclama don Alvaro:

-?Ta, ta, ta, ta, ta!

Se cuenta en el lugar-casi no queremos creerlo-que cuando está don Alvaro muy mal y siente físicamente muchos dolores arma tan incesante y fatigosa retahíla de ?ta, ta, ta?, que aburre a todo el mundo, alborota la casa y hace que do?a Inés pierda la circunspección y la paciencia que ella suele recomendar, llegando una o dos veces hasta decir a su marido:

-Cállate, hombre indigno, y padece por el amor de Dios, que no sin justo motivo te castiga. No te verías así sí no hubieras tenido una vida tan depravada. Y, al fin, yo creo que te quejas un poco de vicio. Tú tienes miedo porque piensas que te vas a morir. Ya, ya; bien pesado has sido para todo y me parece que vas a serlo también para morirte.

Y como don Alvaro contesta con acento muy triste: ??Ta, ta, ta, ta, ta!?, el noble corazón de su esposa se enternece; y arrepentida ella de las frases duras que se le han escapado, se acerca a don Alvaro con cari?o, y para función de desagravios le da un blando cogotazo, le pasa la blanca mano por la papada y le pega en las narices un amoroso capirotazo.

Don Alvaro sonríe consolado, y, beatificado, exclama:

-?Ta, ta, ta, ta, ta!

Así va tirando aún el ilustre descendiente, según pretende su ejecutoria, del más heroico de los doce pares.

En cuanto a do?a Inés, afirma mi amigo el diputado que está hermosa y fresca todavía, y que pudiera hacer el papel de Angélica, aunque algo metida en carnes. Conserva todas sus virtudes, incluso la prolífica, y en estos últimos a?os ha conseguido que los vástagos de su ilustre casa lleguen a la docena.

El cacique permanece soltero e imperando en el lugar con la sabiduría y la moderación de los Antonios en Roma.

La se?ora do?a Agustina Solís y Montes de Allende el Agua ha sufrido con resignación algunos reveses de fortuna. Entre otros, ha perdido un pleito de importancia. Sus rentas han quedado reducidas a menos de la mitad. Apenas tendrá ahora doce mil reales al a?o. La disminución de sus rentas, en vez de disminuir, ha aumentado sus ganas de casarse. Ha buscado compa?ía doméstica que la consuele. Y tal vez por no encontrar partido mejor ha apechugado con el boticario don Policarpo, el cual, si bien es feo, es inteligente y tan gracioso que nadie debe maravillarse de que seduzca y enamore con su labia a una mujer de talento. Do?a Agustina, además, se manifiesta muy ufana de haber vencido la repugnancia al matrimonio de tan pertinaz solterón, y lo que es más trascendental, de haber traído al gremio de los fieles a aquel impío extraviado, que ahora va a misa y cumple con todos los preceptos.

A lo que se presume, desde que do?a Agustina empezó a mostrársele propicia, don Policarpo discurrió sobre poco más o menos de esta suerte:

?No se comprende ni se explica cómo el proceso evolutivo del ser, aunque haya durado millones de a?os, por el concurso fortuito de los átomos, y por su fatal y ciego prurito y constante tendencia a la perfección, ha podido aparecer sobre nuestro planeta, después de prolongadísima serie de transformaciones, un mamífero tan primoroso y apetecible como do?a Agustina, dotado, además, de claro entendimiento y de voluntad tan benigna y con el portentoso don de la palabra, que le sirve para transmitir las ideas agradables en contestación a las que salen de mi cabeza y a las voliciones de mi corazón. Acrecienta lo inexplicable de este prodigio, si no presuponemos una Providencia personal y sapientísima que todo lo dirige, el que posea aún el mencionado mamífero doce mil reales de renta y el que se vista y calce con sumo primor, elegancia y decoro, lo cual implica, por un lado, el desenvolvimiento de la sociedad a través de los siglos para crear las leyes, para hacer que haya herencia y propiedades individuales; e implica por otro lado, según se comprende muy bien cuando se estudia la economía política, la multitud de milagros del comercio, de la industria, de las artes textiles, indumentarias y de curtidos de cueros, y otras mil agudas invenciones, como la división del trabajo y como el objeto que vale por sí y representa además y mide con exactitud lo que valen los otros objetos, facilitando la circulación y los cambios, sobre todo si se le a?ade cierto descubrimiento más sutil aún, o sea, la virtud representativa de todo lo que vale por algo que por sí vale poco o nada y que se llama crédito, difícil de adquirir, no obstante, pues yo carezco de él, aunque lo deseo. La primera causa de todo lo cual es absurdo que sea el acaso, sino una potencia suprema y anterior a todo, la cual dio el impulso inicial al linaje humano, le marcó el camino y guió con orden su marcha por la interminable senda del progreso.?

Esto o algo por el estilo pensaba don Policarpo, y era creyente.

En aras de su amor a do?a Agustina y de su renaciente fe, se cortó aquella u?a maldita del dedo me?ique, vara de virtudes de Satanás, y no volvió a electrizar, ni a magnetizar, ni a encender candiles, ni a tirar ca?onazos con ella.

Se cortó la u?a como se cortan los toreros la coleta cuando dejan de torear y se retiran a la vida privada.

Se cortó la u?a despojándose de sus fuerzas taumatúrgicas y teratológicas, por obra y gracia de las tijeras de do?a Agustina, que fue la piadosa Dalila de este Sansón de nuevo cu?o.

Do?a Agustina, sobre un fondo de raso color de púrpura, para que resaltase mejor, colocó y guardó la u?a como trofeo de su victoria en un passe-partout muy bonito que colocó en su alcoba.

Por bajo de la u?a quiso poner un letrero explicatorio, y rogó a don Andrés que lo pusiese. Don Andrés, que, como ya sabemos era muy erudito y que así mismo era algo guasón, recordó el cambio glorioso de Napoleón I en los últimos a?os de su vida, y no creyendo menos glorioso el cambio del boticario, le aplicó los versos de Manzoni y escribió de buena letra, por bajo de la u?a y defendido todo por un cristal:

Bella, immortal, benéfica,

fede ai trionfi avezza,

scrivi ancor questo.

Juana la Larga es dichosísima al ver la felicidad de su hija y de su yerno; adora a sus nietecillos, los consiente, los mima y les ríe todas las gracias, hasta las más pesadas y olorosas.

Para que se críen robustos, después que los ha amamantado Juanita, Juana los desteta con chorizos, longaniza y asadura de cerdo.

Su actividad culinaria no decae, a pesar de su edad. Sigue haciendo la matanza, la carne de membrillo, el arrope y las frutas de sartén en las casas más principales. Ha importado nuevos guisos en la cocina local y hasta inventado dos o tres, con sorpresa y general aplauso de los gastrónomos.

El padre Anselmo está achacosillo y muy viejo, pero alegre y sereno con la esperanza de su tránsito a mejor vida. Ya no le pesa, antes se regocija, de que Juanita no sea monja, porque la quiere mucho y se le cae la baba cuando la ve tan hermosa y cuando oye su dulce voz y sus discretas razones.

Do?a Inés, no obstante, sigue siendo su preferida, por lo mística que es y por la mucha teología que sabe.

Por último, el diputado novel ha pedido y recibido con frecuencia las noticias que de Anto?uelo se tienen en el lugar. Allá en el Río de la Plata adonde el cacique le obligó a que emigrase, se dedicó al comercio y prosperó mucho. Aunque nunca quiso inscribirse en el Consulado, por ahorrarse tres o cuatro duros, acudió con frecuencia a la Legación pidiendo que Espa?a reclamase diplomáticamente en su favor contra mil agravios y danos que del Gobierno argentino había recibido, y que exigiese, con amenazas de bombardeo, que dicho Gobierno le diera una indemnización muy cuantiosa. Pero ni le indemnizaron de nada ni por amor suyo hubo bombardeo, y él adquirió tan mala reputación y crédito, que consideró prudente irse a Cuba. Ya en La Habana, como es mozo gentil y de rostro blanco y sonrosado, logró cautivar el sensible corazón de una rica heredera, muy subidita de color. Casado con ella, vivió con tanta pompa y decoro, dando comidas y saraos y paseando en quitrín, acompa?ado de su mujer, tan ricamente vestida que parecía la reina de Saba, que se empe?ó, hipotecó los predios urbanos y rústicos y acabó por tener más deudas que pelos en la cabeza.

A lo que parece, a fin de consolarle y de remediarse, se ha hecho ahora partidario de la independencia de la Perla de las Antillas, y ya sue?a con ser en Cuba libre un dictador como el doctor Francia en el Paraguay o como Rosas en Buenos Aires, o un emperador como Faustino I en Haití, aunque tenga que tiznarse con hollín; ya con más modestia, forma un plan que muchas personas creen desatino, aunque tal vez no lo sea. Espera que por filibustero y laborante le secuestren los bienes, porque entonces, según dice, se irá a Nueva York, se hará ciudadano de la gran República, y, nuevo Coriolano espa?ol, obligará a su ingrata patria a darle una indemnización di primo cartello. Aunque tenga que ceder a los Fabricios, Cincinatos y Catones de escalera abajo y de quinta clase, que acaso haya en las orillas del Potomac, las cuatro quintas partes de lo que se extraiga a la paciente y semiforzada longanimidad de Espa?a, siempre le quedará otra quinta parte, con la cual podrá vivir como un príncipe en una magnífica casa de la Quinta Avenida. Allí brillará su morena consorte, que habla ya el idioma de Shakespeare y de Milton, como la más ilustrada talkative y funny inglesita.

De la fecunda zona,

que al sol enamorado circunscribe

el vago curso, y cuanto ser se anima

en cada vario clima,

acariciada de su luz, concibe.

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