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   Chapter 44 No.44

Juanita La Larga By Juan Valera Characters: 7855

Updated: 2017-11-30 00:04


Don Andrés perdió entonces su circunspección y su calma. No pudo contenerse más.

-ámame-dijo.

Y se abalanzó a Juanita y la ci?ó con fuerza entre sus brazos.

Juanita recordó en aquel trance toda su antigua destreza en la lucha, cuando se peleaba con los muchachos a brazo partido y los tumbaba en medio del arroyo. Ella también se abrazó a don Andrés, le puso la barba en el pecho, le empujó al mismo tiempo en sus espaldas con las manos de ella y le echó una zancadilla tan hábil, que le derribó al suelo.

Con maravillosa rapidez apartó Juanita sus manos y su cuerpo del cuerpo del enemigo, derribado, y quedó erguida sobre él, con la rodilla derecha en tierra y con la rodilla izquierda sobre el estómago y el pecho de don Andrés, donde pesaba y oprimía como pujante prensa de hierro.

Con la mano izquierda había Juanita agarrado a don Andrés por el pescuezo para que no levantase la cabeza, y con la mano derecha tenía asido su siniestro brazo.

Juanita estaba así tan guapa, que se parecía, aunque sin alas, al propio arcángel San Miguel dando una soba al diablo.

Don Andrés la contemplaba con tal embeleso, que apenas sentía enojo de verse vencido. Y como era hombre muy versado en fábulas y en narraciones verídicas, trajo a su pensamiento, para que quedasen eclipsadas por Juanita, a Pentesilea, a Clorinda y a Bradamante y a otras mujeres heroicas que han florecido en el mundo, desde el Ebro, glorioso por las zaragozanas, hasta el claro Termodonte, en cuyas fértiles orillas reinaron las amazonas.

Por acaso se tocó don Andrés con la diestra, que tenía libre, en el bolsillo del chaquetón y notó con amargura los medios inútiles que en él traía: de conquista, de ofensa y de defensa. Traía allí un cartucho con veinticinco onzas peluconas de Fernando VI y de Carlos III, dignas hoy por su rareza de figurar en el más rico gabinete de numismática. Y traía asimismo el revólver de seis tiros, bien preparado y cargado; pero como hubiera sido felonía villana emplearlo contra una mujer, lo dejó allí reposar tranquilo para mejor ocasión.

Entre tanto, y todo esto fue en menos tiempo que el que yo empleo en decirlo, la mencionada mano libre se hizo atrevida; pero contra todo atrevimiento son valladar y estorbo los bríos del alma, y estos valieron bien a la gallarda vencedora.

Al sentir el insolente contacto, el rubor tino sus mejillas; brillaron como ascuas sus ojos, la ira trocó en espantosa su linda cara.

Aterrorizaba do?a Inés, sacó la cabeza fuera del ventanuco y empezó a gritar; pero nadie podía oírla, y menos aún don Andrés, que no estaba para oír ni ver cosa alguna.

Juanita le apretaba el cuello con ambas manos, haciéndole sacar tres pulgadas de lengua fuera de la boca, como perro jadeante.

Harto le pesaba tener que matarle. No había previsto Juanita que pudiese llegar a aquel extremo; pero, puesta en él, estaba resuelta a todo por más que le pesase.

Apeando a don Andrés el ya inoportuno tratamiento de vuecencia, le dijo:

-?Ríndete, o mueres!

Nada contestó don Andrés, porque no podía contestar. Lo que hizo fue retirar la diestra atrevida.

Aflojó entonces Juanita el dogal que tenía echado al cuello del cacique, y le dijo:

-?Te rindes a discreción? ?Te declaras vencido?

-Me declaro vencido; haz de mí lo que quieras.

-?Aprobarás y aplaudirás ahora que yo me case con don Paco, y serás en la boda su padrino?

-Aprobaré, aplaudiré y seré padrino en la boda.

-?Serás, además, constante y bondadoso amigo mío, sin guardarme rencor y pagándome como debes la amistad pura que yo te profeso y la estimación con que te miro?

-Seré tu mejor amigo, como lo mereces.

Juanita, entonces, se levantó de un brinco, dejando libre a don Andrés, que se levantó también, algo maltrecho, mohíno y humillado por la derrota.

Trocada así en piedad la cólera, Juanita hizo esfuerzos de imaginación, y entre cándida y maliciosa inventó desatinos p

ara disimular o explicar su triunfo.

-No te aflijas-dijo-. Lo que te pasa le hubiera pasado a un jayán: al propio Goliat. No soy yo quien te ha vencido, sino el demonio que ahogaba a los impuros novios o amantes de la que fue luego mujer de Tobías, a fin de guardarla entera para él. Sin duda, don Paco, que es muy devoto de San Rafael, Patrono de Córdoba, halló al tal demonio en el desierto en que ha estado, y con el auxilio del arcángel le desató y le envió a esta casa para que me defendiese. Por él estuviste poco ha, y volverías a estar si de nuevo te desmandaras, muy a punto de morir ahorcado como un zorzal entre mis dedos, convertidos en percha. Pero no pienses más en eso. ?Qué lástima si hubiera dado yo, sin querer, un día de luto a la ya entonces mal llamada Villalegre! Ahora no debemos pensar sino en el gran placer que hay en renovar amistades después de una brava batalla. Aquí no ha habido ni vencido ni vencedor. Digamos ambos a la vez, tú a mí y yo a ti:

Valiente eres, capitán,

y cortés como valiente;

con tu espada y con tu trato

me has cautivado dos veces.

Tú eres mi cautivo y yo quiero ser tu cautiva; es decir, más amiga tuya que antes.

Y diciendo así, tendió de nuevo ambas manos a don Andrés, más cari?osamente y con mayor confianza que la vez primera. Luego a?adió:

-Ahora vete con Dios y vuelve por aquí dentro de poco, a las diez y media, para que, en presencia de mi madre y de varios amigos, se celebren con don Paco mis esponsales.

-Volveré como deseas. Antes de irme te dejaré aquí, para rescate de mi pariente Anto?uelo, a quien tanto o más que tú tengo obligación de proteger, los ocho mil reales que hay que dar al tendero murciano.

-Ya está arreglado eso. No necesito los ocho mil reales.

-Pues aunque no los necesites, quédate con ellos, y tú y don Pablo contad con otros ocho mil más, que os daré como regalo de boda.

Dicho esto se fue don Andrés a la calle, no sin besar galantemente, al despedirse, la linda mano que había estado a punto de estrangularle.

Apenas salió don Andrés, Juanita abrió la puerta de su alcoba, donde, como en chiquero, había estado do?a Inés encerrada. Salió esta de allí algo atontada y muda de espanto. Salió igualmente muy mansa y muy benigna, y aunque perdidas sus ilusiones respecto al misticismo de Juanita, casi tan prendada ahora de su patente bizarría como antes de su misticismo, ya convertido en humo.

De todos modos, do?a Inés siguió admirando la virtud de Juanita, y aun formó desde allí en adelante sobre su casta entereza un concepto muy superior al que tenemos de las antiguas heroínas que nos ponen por modelo las historias sagradas y profanas.

Do?a Inés, discurriendo sobre esto, pensó que al fin y al cabo Susana sólo tuvo que defenderse de dos viejos petates y no de un hombre guapo, rico y joven aún, como el cacique. Lucrecia, a lo que do?a Inés entendía, sucumbió, aunque se mató después. Y en cuanto a Timoclea, tan ensalzada por Plutarco, y a la que el macedón Alejandro concedió su admiración, todavía do?a Inés tenía más que criticar, porque Timoclea, durante el saco de Tebas, no acertó a defenderse del capitán de los tracios, y sólo después le mató arrojándole a un pozo, porque aquel bárbaro le pidió dinero; de suerte que, si se lo hubiera dado, en vez de pedírselo, él hubiera quedado vivo y la anterior violencia impune.

Razón tenía, pues, do?a Inés en seguir admirando a Juanita; en decirle, como le dijo, que se alegraría de tenerla por madre política; en desistir con gusto de que Juanita se hiciese monja para que no eclipsase a la Monja Alférez y fuese la Monja Generala, y en ofrecerle para el regalo de su boda la cantidad que pensaba dar para la dote de su monjío.

Llamada por Juanita, acudió Rafaela, que se quedó estupefacta y boquiabierta al ver allí a do?a Inés, a quien acompa?ó a su casa. Do?a Inés prometió volver con don Alvaro a las diez y media.

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