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   Chapter 42 No.42

Juanita La Larga By Juan Valera Characters: 12760

Updated: 2017-11-30 00:04


Don Paco pasó varias veces aquel día por la puerta de la casa de Juanita, pero no se atrevió a entrar en ella antes de la hora convenida.

Aunque Juanita le vio no quiso llamarle ni hablarle, tal vez por temor de revelar involuntariamente cosas que quería tener calladas.

Hasta las cuatro de la tarde estuvo sin salir de casa, cosiendo con la mayor tranquilidad.

Entonces llamó a Rafaela y le dijo:

-Oye, Rafaela: he mudado de opinión. Tus razones me han convencido. Esta noche recibiré al se?or don Andrés. Ya está avisado, y creo que no faltará. Estáte a la mira tú; ábrele, si es posible, antes que llame, y dile que suba a la sala alta, donde yo le aguardo. Tú no subirás ni acudirás, suceda lo que suceda. Hasta que no vuelva mi madre ha de parecer como si no hubiese nadie en esta casa, sino yo y el se?or Andrés. ?Me has comprendido?

-Te he comprendido, y haré como lo dices-contestó Rafaela.

En seguida se marchó Juanita a pasar la tarde con do?a Inés, según tenía por costumbre.

Con gran devoción y serenidad leyó a su madrina no pocas devociones y rezos propios de la Semana Santa, en que estaban.

Quiso en seguida do?a Inés preparar y adoctrinar a Juanita para el monjío, y echando mano a las obras del padre maestro Juan de Avila, a que ella era muy aficionada, le leyó, con comentarios y anotaciones de su cosecha, párrafos y aun capítulos enteros del muy edificante tratado que el mencionado padre escribió para una monja, explanando profusamente aquellas palabras del santo rey David, que dicen: ?Oye, hija, e inclina tu oreja y olvida tu pueblo y la casa de tu madre-aquí ponía do?a Inés madre en vez de padre, para que viniese mejor a cuento-, y codiciará el rey tu hermosura.? Claro está que este rey era Cristo con quien quería do?a Inés que Juanita se desposase.

En extremo alabó y ponderó do?a Inés los elevados pensamientos de Juanita; pero a?adió que, a pesar de esos pensamientos elevados, podían brotar en su alma imaginaciones feas, de cuyas importunidades y peligros debía defenderse.

El engreimiento y la soberbia son muy malos, enojan mucho al Cielo y tal vez hacen que el Cielo, para castigarnos, para humillarnos o para probarnos mejor, permita que los enemigos del alma le den feroces ataques en la parte baja, mientras que su porción elevadísima se cree punto menos que glorificada y en íntimos coloquios y en unión estrecha con lo divino. Así Moisés, para ejemplo de esto, se hallaba en la cumbre del Sinaí conversando con el Altísimo, y la plebe, entre tanto, se le alborotó allá abajo, y se puso a adorar los ídolos y se entregó a liviandades y torpezas. En vista de lo cual do?a Inés aconsejó a Juanita que desconfiase de sus bríos y que no se juzgase muy aprovechada y segura de su poder sobre la plebe sediciosa ni muy adelantada en el camino de la perfección, pues aunque siguiese el camino, bien podían estar emboscados cerca de él y salirle al encuentro ladrones, que intentasen robarle la joya de la castidad. Para la custodia de esta joya, tanto más que la fortaleza, importan la modestia y el constante cuidado.

Conviene no desechar el temor de perderla, y conviene huir del peligro, porque quien ama el peligro en él perece.

Como do?a Inés era muy elocuente, y los puntos susodichos se prestan a variadas amplificaciones, el discurso de do?a Inés, interrumpido a trechos por Juanita, más que para acortarlo para avivarlo, duró hasta después de las siete, que era lo que Juanita deseaba.

Cercana ya la hora en que había citado a don Andrés, Juanita consideró indispensable hacer a su amiga gravísimas revelaciones.

-He oído con la debida atención-dijo la muchacha-todo lo que acabas de decirme, y te confieso que estoy atribulada y amedrentada.

-?Y cuál es la causa, hija mía, de tu tribulación y de tu susto?

-Pues..., fuera vergüenza...; a ti, que eres mi guía, debo confesarlo todo. Tus consejos y advertencias de hoy vienen ya tarde. El engreimiento y la soberbia se han apoderado de mí y me han hecho pecar acaso mortalmente.

-?Y cómo es eso?-interrumpió do?a Inés, sorprendida y sobresaltada.

-Te diré la verdad-contestó Juanita-. Yo no he querido huir del peligro, sino buscarlo y arrostrarlo para triunfar de él. No he querido siquiera considerarlo peligro y lo he despreciado. Es más la necia y constante amenaza me ha hecho perder la paciencia, y yo misma, para acabar de una vez, he emplazado, citado y llamado a singular combate al enemigo, que me tiene ya frita y harta de oír sus bravatas y provocaciones.

-No te entiendo, explícate bien. ?De qué bravatas hablas? ?Quién es el enemigo que te provoca?

-Es el enemigo un caballero principal, tan audaz como rico, el cual entiende que no debe haber obstáculo que se le oponga ni voluntad que se resista.

Muy poética y elevada idea daban las palabras de la muchacha del caballero su enemigo; pero do?a Inés supuso que la elevación y la poesía eran obra de la imaginación de la muchacha, y despojando el concepto de las mencionadas cualidades, pensó reconocer en él, sin la menor duda, a su marido, don Alvaro, de cuyas pretensiones estaba ya informada por Serafina y de cuyos atrevimientos andaba recelosa. Por algo a modo de pudor no excitó a Juanita a que pronunciase el nombre del atrevido. Ella creía saberlo sin que Juanita lo pronunciara.

Inquieta do?a Inés, procuró investigar lo que más le importaba y dijo:

-Pero ?qué cita es esa a que aludes? ?A qué duelo, a qué singular combate te preparas?

-Haré un esfuerzo-replicó la muchacha-; todo, todo lo sabrás, aunque me condenes por audaz o me tengas por loca. El hombre de que te he hablado me asedia, me acosa y viene a mí en la calle, en la iglesia y en tu misma casa y me hace las más insolentes proposiciones. Espera deslumbrarme y seducirme y que le rinda mi albedrío. La fatuidad con que él presume y se jacta de lograr todo esto, me ha humillado, me ha vejado y me ha ofendido. Quiero vengarme y me vengaré. Quiero desenga?ar a ese hombre y le desenga?aré con el más duro desenga?o. Por sí mismo y por medio de viles terceros se obstina en que yo le reciba a solas en mi casa, y me pide una cita. Cansada yo de negársela, sin conseguir que desista, que me respete, que forme de mí la opinión que debe y que me trate como se trata a una mujer honrada, he accedido a la cita para que venga y vea y sepa quién soy, y para tratarle como merece.

-?Animas benditas!-exclamó do?a Inés, poniéndose las manos en la cabeza-. Tú no sabes lo que has hecho. Eso es aventuradísimo. Aunque sepas resistir, aunque no caigas en la tentación ni peques, ?no ves que te expones a echar tu reputación por los suelos y a que ese malvado seductor te venza, y si no te vence se vengue de ti deshonrándote y suponiendo que logró lo que deseaba? ?No adviertes cuan indecoroso es para una doncella conceder esas citas, aun cuando sea con el fin de quedar en ellas triunfante? ?Qué horrores no estará él pensando de ti desde el momento en que le concediste la cita? Es indispensable que le envíes a decir que te arrepientes y que la cita ya no tendrá lugar.

Juanita conoció que el momento era llegado en que tenía que echar a rodar su humildad y obediencia, declarándose independiente de su maestra y amiga y manifestando lo enérgico e indómito de su voluntad, que a nada ni a nadie se doblegaba.

Puesta en pie y yendo hacia do?a Inés, le dijo:

-Tú no me conoces todavía. Yo no me arrepiento ni cejo. Bueno fuera que creyese el tal se?or que yo había tenido un momento de debilidad y que luego me había arrepentido. ?No adviertes que de ese modo me confesaba yo culpada, si no del delito, del conato? No; yo no soy débil. Tú te has empe?ado en creerme cordera, y soy leona. Por el extra?o afecto que me has cobrado me requiebras y crees linsojearme comparándome a la Sulamita y llamándome suave y graciosa como Jerusalén. Ya verás tú que también soy terrible como un escuadrón de Caballería que carga a galope sobre el enemigo.

Juanita, cerca de do?a Inés, la fascinaba mirándola con ojos felinos, cuya luz roja parecía mezcla de fuego y de sangre.

Luego prosiguió:

-?Y qué decoro es ese al que me recomiendas que no falte? ?Quién reconoce ese decoro en la mal nacida como yo, en la hija de una mujer que lava mondongos y hace morcillas para ganar su sustento? Todos me menosprecian, me tratan mal y piensan peor de mí. Hasta ahora lo he sufrido; pero ya se me agotó el sufrimiento. He de ser atroz si es necesario. En los mismos libros que tú me has hecho leer no se ensalza sólo la servil mansedumbre de Rut, sino más, si cabe, la ferocidad de Judit, que degüella al capitán de los asirios, y la espantosa haza?a de Jahel, que atraviesa con martillo y clavo las sienes de Sisara.

Notando Juanita que do?a Inés se asustaba un poco al verla y al oírla tan bárbaramente bíblica, prosiguió sonriendo:

-Pero no te apures ni te sobrecojas. No será menester tocar en tales extremos; no llegará la sangre al río. Aunque será severa la lección que yo dé, no pasará a ser tragedia, y quedará en sainete.

-Pero ?qué piensas hacer, hija mía? ?Qué frenesí es el tuyo?-preguntó do?a Inés, muy conmovida y cari?osa.

-Ya lo verás, si quieres-contestó Juanita-. Todo lo tengo pensado; mas no has de saberlo como no lo veas.

-?Y cómo? ?Y dónde?

-Ven conmigo a mi casa. Sólo faltan algunos minutos para que llegue la hora de la cita. Con tu presencia me infundirás valor.

-Eso ya es otra cosa-respondió do?a Inés.

Do?a Inés pensó, sin duda, en el rato de gusto que iba a tener contribuyendo a chasquear a don Alvaro, que acudiría muy ufano a la cita y se encontraría en ella a su austera consorte.

En efecto, si el lance pasaba así, más que tragedia sería sainete.

Do?a Inés perdió el miedo y sintió la irresistible tentación de ver el sainete y aun de hacer en él uno de los principales papeles.

-Está bien, Juanita-dijo-. Iré en tu compa?ía y te prestaré mi auxilio. Muy fina prueba de mi amistad te daré con esto, porque yo también puedo comprometerme.

-Entendámonos-repuso Juanita-. Yo no quiero tu auxilio. ?Qué mérito tendría entonces mi victoria? Tú no te comprometerás, porque te quedarás escondida y nadie sabrá que has estado en mi casa. Y tampoco te expondrás a ningún percance, porque verás los toros desde el andamio.

-Sí..., pero explícate...; no me hagas ir a ciegas...; explícate....

-Se va a pasar la hora. Urge ir a mi casa. No hay tiempo para darte explicaciones, ni tú las necesitas. Ea, despáchate. Toma un mantón, échalo bien a la cara para que no te la vean. La gente anda embelesada con la procesión, que probablemente termina en este momento, y no reparará ni en ti ni en mí.

Y hablando de esta suerte, la misma Juanita buscó un mantón, se lo puso a do?a Inés en la cabeza y, llevándola por delante de sí, la empujó y la hizo andar.

Dominada do?a Inés por aquella imperiosa criatura, se dejó llevar por ella.

Ambas llegaron a casa de Juanita. Esta, para que Rafaela no viese que entraba en su casa acompa?ada de otra persona, abrió la puerta con la llave que tenía en el bolsillo.

Las dos mujeres, calladas y de puntillas, subieron a la sala alta.

Faltaban ya pocos minutos para dar las ocho.

La alcoba en que dormía Juanita no tenía más luz que la que entraba por un ventanillo redondo, abierto sobre la puerta de la alcoba que daba salida a la sala. En esta, y no en la alcoba, donde no había espacio bastante, se lavaba, se peinaba y se vestía Juanita todas las ma?anas. En la alcoba apenas había más muebles que la cama, una mesita de noche, un armario para vestidos y tres sillas.

Juanita llevó a do?a Inés a la alcoba.

-Tú, subida en una silla, verás por ese ventanuco todo lo que pase. Acaso no tengas poco de qué admirarte y de qué reírte.

Dicho esto, salió Juanita de la alcoba y dejó en ella a do?a Inés como presa, cerrando de súbito la puerta y echando por fuera la llave.

-?Qué haces?-exclamó do?a Inés-. ?Qué necedad es la tuya? ?Por qué me encierras?

Juanita contestó riendo:

-Te encierro para estar segura de tu neutralidad. No te quiero por aliada, sino por testigo. Cállate y mira.

Do?a Inés, bastante enojada, replicó todavía:

-Abreme. ?Tendré que arrepentirme de haberme fiado de ti? ?Qué burlas son estas?

-Perdóname, perdóname-dijo Juanita con voz suplicante y dulce-. Tú eres mí madrina, mi protectora y yo no quiero ni debo burlarme de ti. No dudes que conviene lo que hago. Cállate, por Dios. Ten paciencia. Mira y observa sin hablar. Cállate. Oigo ruido. Nuestro hombre ha entrado en casa. Ya sube por la escalera. ?Chitón! Si él sospecha que hay alguien aquí, darás un escándalo y harás una tontería.

Do?a Inés se resignó y se calló.

Pocos segundos después entró don Andrés Rubio en la sala.

* * *

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