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   Chapter 38 No.38

Juanita La Larga By Juan Valera Characters: 12767

Updated: 2017-11-30 00:04


Don Andrés Rubio, en medio del jaleo y trastorno que había en su casa, estaba tranquilo sin mezclarse en cosa alguna. Sus dependientes y criados, con la hacendosísima Juana a la cabeza, cuidaban de todo y se esforzaban a porfía para que saliese con el mayor lucimiento.

Como la casa era tan espaciosa que a no ser por su sencilla rustiquez y carencia de adornos arquitectónicos, pudiera pasar por palacio, don Andrés, refugiado en sus habitaciones del piso principal, se sustraía al bullicio, y, según he indicado ya, estaba tranquilo.

Enciéndase, con todo, que esta tranquilidad no era mental, sino corpórea. Mentalmente el cacique estaba agitadísimo. Por medio del maestro de escuela, a quien había hecho venir y con quien había hablado, sabía ya cuanto el maestro de escuela sabía.

Don Pascual, creyendo hacer un bien a sus amigos, había revelado a don Andrés los celos y la desesperación de don Paco, causa de su fuga; lo que a don Paco había ocurrido en sus dos días de campo; el amor de Juanita, tan enamorada de él como él de ella, y el sentimentalismo de Juanita en favor de Anto?uelo y su deseo vehemente de salvarle hallando los ocho mil reales para tapar la boca del tendero murciano.

Hasta aquí sabía don Pascual, y hasta aquí supo don Andrés, sin llegar a saber lo del pagaré ni la visita de Juanita a don Paco, que fueron sucesos posteriores y que don Pascual ignoraba. Don Andrés, por experiencia propia, no era muy inclinado a creer en la virtud de las mujeres. No tenía tampoco motivo alguno para hacer de Juanita una excepción honrosa. Al contrario, la juzgaba desenvuelta, provocativa y educada en plena libertad por una madre ordinaria e ignorante, de la clase más baja de la sociedad y antigua pecadora más o menos arrepentida.

Como hombre a quien la elevada posición no venía de abolengo, porque su padre y él se habían levantado por saber y esfuerzos sobre la plebe a que pertenecían, don Andrés, sin poderlo remediar, y más bien a causa que a pesar de su entendimiento, tenía peor opinión de la gente menuda que aquellos que desde tiempo inmemorial o después de una larga serie de antepasados ilustres descuellan entre el vulgo. Suelen estos atribuir la superioridad que tienen y el acatamiento que se les da a circunstancias dichosas: a haber nacido donde han nacido; a una ficción social y legal de que en lo íntimo de su alma no pueden jactarse. De aquí que sean modestos en el fondo y que por naturaleza consideren igual o superior a ellos a la más ínfima y cuitada criatura humana. Por el contrario, don Andrés, como no pocas otras personas que por ellas mismas se encumbran, se sentía muy superior a cuantos prójimos le rodeaban. Y como él era, además, inteligente escrutador del valer propio, y se encontraba, aunque apenas osaba confesárselo, con no pocos defectos o vicios, no podía menos de atribuir o de conceder muchísimos más a cuantas personas miraba en torno de él, dominándolas y humillándolas.

Así predispuesto y valiéndose de los datos que ya tenía, trazó don Andrés en su mente el carácter de Juanita y compuso a su manera la historia de la muchacha.

Para explicarse el empe?o que ella formaba en salvar al hijo del herrador, dio por cierto que había sido muy prematuramente su amiga. Y en el amor de Juanita a don Paco no vio más que el plan de casarse con el hombre más importante que después de él había en la villa.

Ambos planes repugnaban extraordinariamente al cacique. Querer salvar a Anto?uelo, aunque Anto?uelo fuese su pariente más o menos lejano, le parecía detestable y absurda aberración. Lo que convenía era la condenación de Anto?uelo para escarmiento de otros pícaros y para seguridad y descanso de las personas pacíficas y honradas. Don Andrés había censurado siempre la compasión malsana que los criminales suelen inspirar en nuestro país y había apludido la impaciente severidad con que los yanquis linchan sin escrúpulo a quien la justicia anda reacia en dar el merecido castigo.

El casamiento de don Paco con Juanita le parecía aún mayor monstruosidad. Acaso en un principio Juanita gustaría de don Paco, pero pronto sentiría la desproporción de edad, porque la de don Paco era triple que la de ella, de suerte que don Andrés preveía y deploraba proféticamente que Juanita acabaría por poner en ridículo al ilustre secretario del Ayuntamiento y por hacerle muy desgraciado. Por otra parte, don Andrés temblaba al pensar en el furor de do?a Inés cuando descubriese que Juanita, con su hipocresía y sus embustes, la había estado enga?ando, y que en vez de meterse monja se casaba con don Paco, y daba por madrastra a ella, enlazada ya con la familia más noble de toda aquella comarca después de la familia del duque, a la hija ilegítima de una mondonguera.

Do?a Inés, si tal cosa se realizase, sería capaz de tener un ataque de rabia o de estallar como una bomba.

Calculaba don Andrés que él podía prestar dos muy importantes servicios: uno, a do?a Inés, impidiendo que su padre la avergonzase casándose con una muchacha de tan ruin y humilde clase, y otro a don Paco, abriéndole los ojos, para que al fin comprendiese que Juanita no le quería sino por interés, y que él no debía casarse con ella por ser indigna de su cari?o.

El desenga?o sería cruel para don Paco; pero don Andrés se disculpaba la crueldad recordando aquello de ?quien bien te quiere te hará llorar? y lo otro de ?la letra con sangre entra?.

Al prestar estos dos servicios no se le ocultaba a don Andrés lo mucho que él se exponía. Se exponía, por una parte, a que do?a Inés llegase a saber que él quería seducir o había seducido a Juanita, lo cual enfurecería a do?a Inés por dos razones: porque contrariaba sus planes místicos de que Juanita fuese monja y porque deslucía o manchaba el amor, sin duda platónico, con que el propio don Andrés la estaba, hacía más de siete a?os, complaciendo, tal vez poetizándole la vida y consolándola de tener un marido tan perdulario. Y se exponía, además, a que don Paco no quisiese aguantar la lección, prescindiese de todos los favores que le debía y le buscase camorra.

Don Andrés no se arredraba ante la previsión de un duelo. Manejaba bien la espada y la pistola, y don Paco no sabía de esgrima y jamás había tomado una pistola en la mano; pero bien podía don Paco, como lugare?o que era y nada acostumbrado a perfiles y a ceremonias, perder un día la cabeza y rompérs

ela a él, porque tenía la mano pesada y manejaba bien el garrote, de lo cual, aunque pacífico, había dado ya diversas pruebas, además de la que salió tan cara a Anto?uelo.

La primera vez huyó don Paco porque se juzgaba desde?ado de Juanita y razonablemente no podía darse por ofendido ni de que ella favoreciese a otro, ni tampoco del amante favorecido.

El caso era muy diferente; don Andrés, aunque no lo sabía, sospechaba que Juanita y don Paco se verían o se habrían visto y estarían de acuerdo. Cualquier favor, por consiguiente, que a él hiciera Juanita sería una infidelidad de esta, y para don Paco un agravio, que probablemente no se resignaría a sufrir y del que resolvería tomar venganza.

A pesar de tales inconvenientes, don Andrés no se arredraba. Se sentía picado de que a él, omnipotente en Villalegre, se le desde?ase de aquel modo. El mismo desdén estimulaba más su deseo. Hasta por amor propio quería a toda costa triunfar de Juanita. Ardua era la empresa, pero él no se la figuraba tan ardua. Juanita había coqueteado con él y le había provocado. Era cierto que, cuando la besó en la antesala, ella le rechazó con furia; pero ?no fue, acaso, furia fingida porque entró don Paco y le vio entrar ella? Don Andrés dio por seguro que fue furia fingida.

?Ya veremos-decía para sí-si me rechaza donde y cuando esté ella segura de que no entrará don Paco a interrumpirnos.?

A pesar de su momentánea rivalidad, don Andrés quería de corazón a don Paco, reconocía todo su mérito, apreciaba todos sus servicios y distaba mucho de querer hacerle el menor da?o. Lejos de eso, lo que anhelaba era desenga?arle en sazón y oponerse a su absurda boda.

De todos modos, a fin de precaverle contra el peligro de que don Paco no gustase de ser desenga?ado, y de que en un instante de celosa locura llegase al extremo de apelar al garrote, don Andrés, que de ordinario no llevaba armas, tomó un peque?o revólver de seis tiros y se lo guardó en la faltriquera.

Antes de salir de casa, a eso de las diez de la ma?ana, habló don Andrés con el criado de mayor confianza y más listo que tenía. Era su secretario, su ayuda de cámara, su confidente favorito y al mismo tiempo su bufón, porque tenía mucho chiste: baste decir que hacía de Longino en las procesiones.

Don Andrés, recomendándole el más profundo sigilo y la mayor cautela, hubo de hablarle así:

-Deseo y necesito tener una entrevista a solas con cierta persona, que de seguro no querrá venir a mi casa, al menos la vez primera, aunque después aprenda el camino y venga con gusto. Posible es también que dicha persona se niegue a recibirme si yo directamente, o valiéndome de ti, pido a ella que me reciba. Importa, pues, que tú te dirijas a la criada de dicha persona y ganes su voluntad, con presentes o comoquiera que sea, para que ella hable con su ama y la convenza y la incline a darme la cita. Quiero que esto sea en todo el día de hoy o en el de ma?ana, hasta las nueve de la noche. Durante este tiempo la ocasión es propicia y conviene no perderla. Acaso ocurra que la persona que yo pretendo me cite no se preste a confesar que accede a la cita y gusta de aparentar que yo, por traición de su criada, entro, a pesar suyo, en su casa y la sorprendo. Para que nadie se entere, porque no quiero disgustar ni ofender a nadie, debe ser la cita, y debo ir yo a ella, después de anochecido.

-?Y quién es la persona que ha de citar a vuecencia y que gasta tanto melindre?-se atrevió a preguntar Longino.

-Pues la persona-contestó don Andrés bajando más la voz-es Juanita la Larga.

Muy sorprendido se mostró Longino al oír esto, lo cual agradó sobre manera a don Andrés, porque era prueba evidente del misterio y del disimulo con que él hasta entonces había perseguido a la muchacha. Cuando Longino no había sospechado lo más leve, era indudable que nadie en el lugar lo sospechaba, y que el secreto hasta entonces se había guardado entre don Paco, él y ella.

Muy satisfecho Longino del encargo delicadísimo que su se?or acababa de confiarle, prometió hacer prodigios de destreza para que nada se divulgase y para que todo se lograse. Informó, además, a su amo de que Rafaela, la criada de ambas Juanas, a quien él conocía, era muy callada, muy lista y muy experimentada, porque frisaba ya en los cincuenta a?os y la había corrido en su mocedad, y si bien la Fortuna siempre le había sido adversa, ella sabía dónde le apretaba el zapato.

-Otro gallo le cantara-dijo Longino-y no estaría de fregona si la Fortuna no fuese tan caprichosa y tan ciega.

Terminado este coloquio, todavía antes de salir de casa tuvo don Andrés otra conversación interesante.

Quien habló con él fue una mujer que entraba a verle con frecuencia y que le traía y llevaba recados de la se?ora do?a Inés López de Roldán, sin duda para los negocios y obras de caridad que ellos trataban y hacían juntos.

La interlocutora de don Andrés, ya comprenderá el lector que fue Serafina.

Venía a decirle que su ama quería hablar con él y que le rogaba que fuese a su casa a la hora de la siesta.

Tan preocupado estaba don Andrés que, por más que el menor deseo de do?a Inés fuese para él soberano mandato, se excusó de ir por la multitud de quehaceres que le agobiaban y sólo prometió ir a la tertulia por la noche.

Para que do?a Inés se entretuviese en su soledad o en compa?ía de Juanita la Larga, dio don Andrés a Serafina dos bellísimos libros devotos que acababan de reimprimirse en Madrid, y que el librero Fe le enviaba, sabedor de las inclinaciones ascéticas y místicas de la se?ora principal de Villalegre. Eran estos dos libros Tratado de la tribulación, de fray Pedro de Ribadeneyra, y La conquista del reino de Dios, de fray Juan de los Angeles.

Serafina dio a entender a don Andrés que su ama tenía grandísima curiosidad de saber quién había apaleado a Anto?uelo y por qué motivo. Y juzgando don Andrés que la verdad era el mejor disimulo en este caso, contó a Serafina, para que se lo refiriese a su ama, que don Paco, después de haber vagado por extravagancia y capricho, descubrió el secuestro del tendero murciano, y que para libertarle, y aun para defender la propia vida, tuvo que apalear al hijo del herrador, sin conocerle hasta después, porque llevaba carátula. Todo se explicaba así con la misma verdad, y don Andrés alejaba de la mente de do?a Inés hasta la menor sospecha.

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