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   Chapter 37 No.37

Juanita La Larga By Juan Valera Characters: 6040

Updated: 2017-11-30 00:04


Todo estaba revuelto aquel día en la parte baja de la casa del cacique. Se entregaba la gente a diversos trabajos para preparar una gran fiesta que había de realizarse al otro día, Miércoles Santo. La procesión, preámbulo de las otras, y que debía ser en dicho miércoles por la tarde, era dirigida y costeada todos los a?os por el se?or don Andrés Rubio, hermano mayor de la más importante Cofradía.

Habían de salir en esta procesión tres obras maestras de escultura, tan pesada cualquiera de ellas que para llevarlas en andas por las calles era menester un ejército de nazarenos.

La primera escultura representa al Se?or de la Pollinita; Jesús cabalga sobre el humilde animal y entra triunfante en Jerusalén.

El pueblo, compuesto de gran número de nazarenos, de soldados romanos y de judíos, debía marchar delante de la referida imagen con palmas y con grandes y frondosas ramas de olivo.

Después, precedida de todos los ensabanados, encolchados y jumeones que se pudiese, tenía que salir la Cena, cuyo peso es enorme, pues consta la imagen completa de trece figuras de tama?o natural, y de la mesa, que algo pesa también y que va cubierta y adornada de flores, de las más exquisitas frutas que desde el oto?o han podido conservarse hasta aquel día con el mayor esmero, y de un elevado y complicadísimo ramillete de dulces, donde echa el resto el más listo e ingenioso de los confiteros.

En pos de la Cena, y precedida también de mucha gente, había de salir la Oración del Huerto, donde Cristo ora de rodillas; un ángel que quiere estar en el aire, pero que se apoya en el ramaje de un olivo, ofrece a Cristo el cáliz de la amargura, y los discípulos yacen por tierra dormidos.

Terminada la procesión, el se?or don Andrés tenía que echar el bodegón por la ventana y dar de cenar a los apóstoles, a los profetas, a los antiguos personajes bíblicos, a la plebe de Jerusalén, a los nazarenos y a la guarnición romana.

Las tres obras de escultura de que hemos hablado estaban ya expuestas al público el martes, no en las iglesias, sino en una inmensa sala baja entapizada de rojo damasco, adornada de cornucopias, flores y verdura, e iluminada por la noche con profusión de velas de cera.

Para cuidar de todo esto había elegido don Andrés a Juana la Larga, quien en los dos días del martes y del miércoles apenas podía salir de casa de don Andrés e ir a la suya, a no ser a la hora de recogerse a dormir.

El miércoles, singularmente, el trabajo de Juana era atroz. Ella debía condicionar para toda aquella tropa la espléndida cena de vigilia. Habría potaje de garbanzos con espinacas; como principal plato de resistencia, bacalao en sobrehúsa; y como plato ligero o de chanza delicada, una exquisita alboronía, que pudiese celebrar, si resucitase, el mismo famoso cocinero de Bagdad, que la inventó, dándole el nombre de la bella Alborán, sultana favorita del califa Harun Al Raschid, héroe de Las mil y una noches, princesa a quien dicho cocinero tuvo la honra de dedicarla.

Claro está que pa

ra postre no habían de faltar los ineludibles pesti?os y que había de abundar el vino para apagar la sed que causa la sal conservada en el bacalao, a pesar del remojo, y al picante de las mil ristras de guindillas y de cornetas que en tal día se consumen.

Se esperaba, además, que llegase a tiempo de Málaga mucho cazón fresco, que Juana guisaría y haría servir a todos, o bien solamente a los apóstoles, profetas y reyes, si no llegaba cazón suficiente para el vulgo.

Por último, Juana había prometido hacer un plato de su invención, con el que la gente menuda se chupa por allí los dedos de gusto; plato que tiene la singularidad de remedar, en cuanto cabe en lo humano, el milagro del pan y peces, pues con dos docenas de huevos y media hogaza para pan rallado se hartan cien hombres, gracias al sabroso ajilimójili en que ella rehogaba las livianas tortillas después de haberlas frito, y en cuyo caldo se remoja pan y se convierte en sopas, que se engullen con deleite. A este plato de su invención Juana dio el nombre de hartabellacos.

Prometía la cena del miércoles ser muy divertida, amenizándola con sus chistes un criado muy gracioso que tenía don Andrés y que hacía en todas las procesiones el papel de Longino, soldado fanfarrón y galante antes de dar la sacrílega lanzada y ciego después, que persigue al lazarillo, el cual se le escapa y le hace en las procesiones mil burlas y perrerías.

Lamentan algunas personas, pero yo no puedo menos de aplaudirlo en vez de lamentarlo, que el se?or obispo haya prohibido desde hace mucho tiempo que salga en las procesiones otro personaje que salía antes, mil veces más cómico que Longino. Era este personaje José, el hijo de Jacob, porque, según decía el vulgo, no era ni fu ni fa. No era ensabanado, porque, como primer ministro y favorito que había sido de Faraón, no podía vestirse pobremente con sábanas. Y no era tampoco encolchado, porque iba sólo con la túnica y no llevaba colcha, o sea, manto o capa, a fin de indicar que la mujer de Putifar se había quedado con ella. El que hacía de José solía ser el más chusco de los campesinos, que aparentaba asustarse al ver muchachas bonitas en los balcones, y ya se tapaba los ojos para no verlas, ya huía haciendo contorsiones y dando chillidos.

Menester es confesar que hizo muy bien el se?or obispo en prohibir la aparición de esta figura, dado que sea exacto lo que se cuenta y que no se exageren los melindres y chistes del fingido casto José. Comoquiera que ello sea, el punto se puede pasar por alto, porque no es de los esenciales en esta historia.

Lo esencial es que Juanita tuvo que pasarse sola y sin su madre casi los dos días enteros y tuvo que esperar hasta las diez de la noche del Miércoles Santo para poder hablar a su madre con reposo.

Por eso Juanita había citado a don Paco en casa de ella para media hora después, para las diez y media.

Ahora me incumbe referir aquí, sin más digresiones, los casos memorables en que intervino Juanita hasta que llegó dicha hora.

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