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   Chapter 33 No.33

Juanita La Larga By Juan Valera Characters: 4387

Updated: 2017-11-30 00:04


Don Paco, después de vagar en la soledad por espacio de dos días y después de tantas penas, emociones y lances, anheló para desahogo confiarse por completo con alguien. ?Y con quién mejor que con el maestro de escuela, hombre de bien, sigiloso y tan excelente y desinteresado amigo, primero de Juanita y de él más tarde?

La mujer del alguacil fue, pues, a llamar a don Pascual de parte de don Paco.

Don Pascual vino y don Paco se lo contó todo. No le dio ninguna comisión ni embajada para Juanita; pero don Pascual, por una benévola usurpación de atribuciones y de empleo, se declaró él mismo y se nombró embajador, se fue a ver a Juanita que, desvelada y triste, se acababa de levantar y le refirió con fidelidad minuciosa los furores y penas de don Paco, sus celos, su desesperación, sus propósitos de suicidio o de extra?amiento perpetuo, y, por último, el combate de la casilla, el delito de Anto?uelo, los golpes que éste había recibido, así como su vuelta y la de don Paco a Villalegre.

Contó también que el tendero murciano y su mujer, con más impaciente furia, no se conformaban con callarse sin delatar a Anto?uelo y sin enviarle a presidio, si no se les devolvían en el término de tres días los ocho mil reales que no habían recobrado y que el cómplice de Anto?uelo se había llevado consigo.

Según informes adquiridos y comunicados por don Paco, Anto?uelo por nada del mundo diría el nombre y la condición del forastero que había cometido con él el delito.

Por otra parte, aunque Anto?uelo le delatase, de nada valdría esto para recobrar los ocho mil reales por medio de la Justicia, sin envolver en el proceso al hijo del herrador y condenarle y perderle.

El afecto profundo y extra?o, como de madre o como de hermana, que Juanita había sentido por Anto?uelo toda su vida, renació entonces con vehemencia en su corazón, olvidándose de los groseros agravios con que la había ofendido aquel mozo.

Juanita se propuso salvarle, lograr que se echase tierra al asunto y evitar su deshonra y su ida a presidio, aunque para ello fuera menester buscar los ocho mil reales en el mismo infierno.

A esta penosa agitación de Juanita se contraponía en su alma otra agitació

n dulcísima, otro sentir, en vez de aflictivo, delicioso y beatificante, que aumentaba y enardecía su amor al saberlo tan bien pagado, y que lisonjeaba su orgullo. A pesar del dolor y del sobresalto que la conducta criminal de Anto?uelo y sus consecuencias le causaban, Juanita se juzgó venturosa, y sin duda lo era.

Sólo faltaba ya, y urgía y no daba un instante de espera, el desenga?ar a don Paco, el persuadirle de que ella era inocente, y el convencerle de que ella le amaba.

Ya don Pascual, en su largo coloquio con don Paco, había hecho esfuerzos para convencerle de la inocencia de Juanita. Don Pascual le aseguró que él conocía muy bien el noble y leal carácter de ella y cuan virtuosa y honrada había sido siempre en medio de la completa libertad en que había vivido, sin que su madre la vigilase y la tuviese siempre a su lado.

Su madre había tenido que ir a las casas donde la llamaban a trabajar, dejando a Juanita con una criada o completamente sola cuando ni criada tenían. Juanita, además, sin que nadie la acompa?ase ni mirase por ella, había pasado de la ni?ez a la mocedad en medio de las calles y en trato y conversación con toda clase de personas.

Nadie, sin embargo, se le había atrevido, porque ella sabía hacerse respetar, y ni las personas maldicientes habían formulado nunca contra ella una acusación fundada que pudiera, en manera alguna, deslustrar su decoro.

Lo que don Paco había visto, lo que había causado su enojo y su desesperación no era, por consiguiente, culpa de Juanita, sino inmotivado atrevimiento de don Andrés, quien, si algo logró por sorpresa, fue rechazado violentamente en seguida.

Don Pascual sostenía, además, que Juanita no había provocado la audaz acometida de don Andrés, a la que daba por única causa el engreimiento del cacique y su convicción de que todo había de rendirse a su voluntad y ser propicio a su deseo.

No bien se enteró Juanita de todo esto oyendo hablar al maestro de escuela, procuró que terminase la visita y que éste se fuera.

Cuando se vio sola, sin hablar a su madre para no perder tiempo, tomó el pa?olón, se lo echó de cualquier modo en la cabeza y se fue a casa de don Paco, escapada.

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