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   Chapter 30 No.30

Juanita La Larga By Juan Valera Characters: 11728

Updated: 2017-11-30 00:04


Cuando despertó don Paco de su prolongado sue?o, el sol se inclinaba hacia Occidente; el día estaba expirando.

Las vacilaciones que habían atormentado a don Paco volvieron a atormentarle con mayor fuerza mientras más tiempo pasaba. Su fuga del lugar le parecía, y no sin razón, que debía de haber sido notada por todos y mirada con extra?eza. A él, que ejercía tantos oficios, le habrían echado de menos en muchos puntos.

Se le figuraba que, como no había pedido licencia a nadie, y como su inusitada desaparición carecía de causa confesada por él, todos sus compatricios se esforzarían por hallar esta causa y acabarían por suponerla un acto de desesperación o de despecho. Nadie dejaría de lamentar su fuga sí él no volvía al lugar; pero si volvía, la compasión se transformaría inevitablemente en burla y rechifla.

No quedaría un solo sujeto que no le preguntase con sorna qué había ido a hacer al yermo y por qué lo dejaba tan pronto, arrepentido de ser anacoreta. Y los que sospechasen, y no dudaba él que algunos sospecharían, que había querido suicidarse, tomarían a risa lo del suicidio y atribuirían a miedo el que no se hubiese realizado.

Imaginaba él que, vuelto al lugar, no podría sufrir su nueva situación, porque se le figuraría que se mofaban de él cuando le mirasen a la cara.

Si se fue, dirían, porque había aquí algo que no podía aguantar, ?por qué vuelve ahora, se resigna y lo aguanta?

Don Andrés, sobre todo, le despreciaría y le escarnecería, allá en sus adentros, calculando que la fuga había sido por lo de los besos a Juanita y que ahora volvía muy resignado a llevarlos con paciencia y hasta a verlos dar de nuevo.

A Juanita misma se la presentaba muy afligida por lo pronto, llena de remordimientos porque era o iba a ser motivo u ocasión de su muerte y muy inclinada a derramar lágrimas a la memoria de él o sobre su ignorada tumba, si es que le enterraban y ella sabía dónde y no estaba lejos; pero si Juanita le veía otra vez tan campante, y en las calles de Villalegre, acudiendo a sus ordinarios quehaceres, ya en la tertulia de do?a Inés haciendo la corte a do?a Agustina, Juanita le tendría por la persona más ruin y cuitada del orbe. Juanita se mofaría de él, y don Paco se estremecía al pensar sólo en la posibilidad de semejante vilipendio.

Era, sin embargo, muy duro matarse sin gana y sólo para que la gente tome a uno en serio, le compadezca y no le embrome.

Hubo momentos en que si don Paco hubiera tenido un revólver, acaso, en contravención de todos sus preceptos religiosos y de todas sus sanas filosofías, se hubiera pegado un tiro; pero, afortunadamente, don Paco no gastaba armas de fuego y no llevaba ni pistola ni escopeta en aquella disparatada excursión que estaba haciendo, perseguido por los celos como Orestes por las Furias. Una vez se le ocurrió encaramarse en la cima de un escarpado pe?asco, precipitarse desde allí de cabeza y hacerse una tortilla. Pero si no quedaba muerto al punto y sólo se rompía un brazo, una pierna o las dos, ?no le dolería mucho, y quedándose vivo a?adiría los dolores físicos a los dolores morales de que había querido libertarse?

Rumiando con amargura todo lo dicho, anduvo don Paco sin reparar el camino que llevaba, hasta que le sorprendió la noche, oscura como boca de lobo. Ni luna ni estrellas se veían en el cielo, cubierto de densas nubes. Llovía recio y relampagueaba y tronaba.

Nuestro peregrino advirtió con pena que estaba hecho una sopa, y temió que la muerte, que anhelaba y repugnaba al mismo tiempo, pudiera sobrevenir por la humedad esgrimiendo, en lugar de guada?a, reumas y pulmonías.

A la luz de los relámpagos descubrió que había llegado a una extensa nava, entre las cumbres de dos cercanos cerros. Había en la nava mucho heno, grama abundante y a trechos intrincados matorrales, en que tropezaba, o alta hierba que subía hasta sus muslos, porque no había senda o porque la había perdido.

De pronto oyó mugidos, y al resplandor fugaz de los relámpagos creyó entrever un gran tinglado o cobertizo, debajo del cual se movían bultos mugidores, que eran sin duda toros bravos, cabestros, becerros y vacas.

-Hombre del demonio-dijo una bronca voz-, ?qué viene usted a hacer por aquí a estas horas y con esta tormenta tan fuerte?

Don Paco, ocultando el lugar de donde era y sin declarar su nombre, dijo que yendo de camino se había extraviado, no sabía dónde estaba y buscaba albergue en que pasar la noche.

El boyero, que era piadoso, movido a compasión por la lamentable voz de don Paco, salió de debajo del cobertizo, vino a él, le tomó de la mano y le sirvió de guía.

Así dieron ambos buen rodeo y llegaron a una choza bastante capaz, donde, al amor de la lumbre y en torno de una gran chimenea que tenía poco que envidiar a la de do?a Inés, aunque carecía de escudo de armas, había otros dos pastores, viejos ya, y un chiquillo de diez o doce a?os, que debía de ser hijo del guía de don Paco.

En el hogar ardía un monte de le?a, con cuyo calor pudo don Paco secarse los vestidos, porque le ofrecieron, y él aceptó, un banquillo para que se sentase cerca del fuego.

Apartada de él, sobre un poco de rescoldo y en una trébede se aparecía una olla, exhalando a través de la rota y agujereada tapadera espesos y olorosos vapores, con no sé qué de restaurante, lo cual produjo en las narices de don Paco sensación muy grata, porque con tanto andar se le había bajado a los pies el almuerzo. Era lo que había en la olla un guiso de habas gordas y tiernas, con lonjas de tocino y cornetillas picantes que habían de hacerlo suculento y sabroso.

Los pastores, así como le habían dado techo amigo donde abrigarse de la lluvia y pasar la noche, le ofrecieron también su rústica cena.

El rubor tino las mejillas de don Paco al ir a aceptarla; pero no fue tan descortés ni tan abstinente que no la aceptase,

la agradeciese y aun se aprovechase de ella, compitiendo en apetito con los boyeros.

Sin querer le avergonzaron también por otro estilo con su leal franqueza. A él, que se ocultaba y mentía, le contaron cuanto había que contar de la vida de ellos y de sus lances de fortuna, y de los sucesos de la peque?a cortijada, no muy lejos de allí, de que eran naturales. Ponderaron también la ferocidad de los toros que ellos cuidaban, se quejaron de la poca reputación que tenían y aún pronosticaron que al fin habían de abrirse camino hasta la magnífica plaza de Madrid, donde competirían con los de Veragua y los de Miura matando caballos a porrillo y metiendo en pu?o los animosos corazones de Lagartijo y de Frascuelo.

Terminada la cena y la conversación, todos se acostaron sobre sendos montones de hierba seca y durmieron como unos patriarcas.

Don Paco se despertó y levantó al rayar el día imitando a los que le albergaban. Supuso, para salir del paso, que iba a Córdoba; en este supuesto los boyeros le indicaron el camino que debía seguir.

Se despidió don Paco mostrándose agradecidísimo, y pronto se alejó de la nava, marchando de prisa por la senda que le habían indicado.

A solas otra vez consigo mismo, los negros pensamientos resurgieron de las profundidades de su alma y volvieron a atormentarle.

Como él reflexionaba mucho, se estudiaba y se sumía en el abismo de su propia conciencia, procuró explicarse el singular fenómeno que en ella se estaba presentando. Entonces creyó percibir que él hasta muy tarde, hasta ya viejo, había empleado y gastado la vida en ganarse la vida y había carecido, acaso por dicha, de desahogo y de vagar para fingirse primores ideales y ponérselos ante los ojos del alma, como atractivo de su deseo. Toda aspiración suya había sido hasta entonces modesta, prosaica y pacíficamente asequible; pero Juanita había venido en mal hora a turbar su calma y a aguijonear su fantasía para que remontase el vuelo a muy altas regiones, donde, si bien había más luz, había también tempestades que su alma pacífica y sólo acostumbrada al sosiego apenas podía sufrir.

En resolución, don Paco vino a creer que la aparición tardía de lo ideal, casi muerta ya su juventud, y el nacimiento póstumo de aspiraciones que sólo por ella deben ser fomentadas, era lo que le traía tan desatinado, tan infeliz y tan loco. Volver al lugar en aquel estado de ánimo, con menos pretexto para volverse que el que había tenido para irse, le harían sin duda objeto del escarnio de todos sus amigos conocidos, como no hiciese la atrocidad de matar a dos o tres, y él, que era blando de condición, se consideraba incapaz de ello. Por otra parte, y mientras en Villalegre permaneciese, juzgaba él que sería ya inútil para todo y que no valdría ni para secretario de Ayuntamiento, ni para consejero de don Andrés, ni para colaborador del escribano, ni para pasante de los abogados Peperris.

En consecuencia de estos no articulados discursos, decidió al cabo: decidió desterrarse para siempre de su patria e ir a otras villas o ciudades en busca de reposo y de mejor fortuna.

Sólo así lograría curarse de su amor por la pícara e indigna Juanita, hacer pie y caminar por lo firme, en vez de ir por las nubes o de nadar por el éter, y sin matarse y sin matar a nadie, sino siendo útil al prójimo, ser de nuevo respetado y querido de las gentes.

Ya que los boyeros le habían indicado el camino para ir a Córdoba, don Paco, menos alborotado que el día anterior, siguió en aquella dirección, pues camino no había. Las estrechas sendas eran muchas, y él a la ventura las tomaba, sólo procurando hunde la vista de todo ser humano, porque aún tenía vergüenza de que le viesen.

Ora andando, ora parándose a reposar, se le pasó todo el día y llegó su segunda noche de vagabundo. No sabía dónde se hallaba; pero creyó que se despertaba en él una vaga reminiscencia de aquellos sitios. Era una dilatada dehesa o coto, donde había de haber abundancia de conejos y liebres. El terreno era quebrado y cubierto de matas o monte bajo. Sólo a trechos descollaban algunos pinos, hayas y encinas.

Pronto la oscuridad lo envolvió todo. Aunque no llovía, estaba muy nublado, y él distinguía confusamente los objetos. El silencio era profundo. Lo rompía sólo, de cuando en cuando, tal cual ráfaga de viento suave que agitaba las hojas, o alguna liebre que brincaba o atravesaba corriendo por entre las matas.

No sé cómo reconoció o creyó reconocer don Paco que se hallaba en aquel momento más cerca de Villalegre; que se hallaba a menos de dos leguas de distancia, en un coto propiedad de don Andrés y donde don Andrés solía venir a cazar.

Se afirmó más en esta idea al ver de pronto una lucecita que a cierta distancia brillaba en las tinieblas, según sucede a menudo a los ni?os cuando en los cuentos de hadas se extravían en un bosque.

Don Paco era valeroso y no propendía, sin ser incrédulo, a recelar frecuentes y medrosas apariciones de vestigios, de almas del otro mundo o de otros seres sobrenaturales. En aquella ocasión, sin embargo, tuvo su poquito de miedo, pero lo venció y caminó resuelto y derecho hacia la luz para ver lo que era.

Se había fundado su miedo en que reconoció que la luz salía de la casita del viejo guarda del coto, el cual había muerto la víspera de la salida de don Paco de Villalegre, y era muy poco probable que don Andrés hubiese nombrado en seguida a otro guarda para donde apenas había cosa que guardar. La casilla, en opinión de don Paco, tenía que estar desierta. ?Quién había encendido luz y estaba en la casilla? ?Sería el alma en pena del viejo guarda, que tenía fama de haber sido más que travieso en sus mocedades y hasta bandolero acogido a indulto?

Don Paco se armó de valor y se dirigió a averiguarlo, contento de tropezar con una aventura que de sus desventuras le distrajese.

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