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   Chapter 28 No.28

Juanita La Larga By Juan Valera Characters: 8870

Updated: 2017-11-30 00:04


Al día siguiente ocurrió en Villalegre un caso que sorprendió y dio mucho que hablar.

Ni por el Ayuntamiento, ni por casa del alcalde, ni por la escribanía, ni por parte alguna pareció don Paco, que de diario acudía a todas para desempe?ar sus varias funciones. Fueron a casa de él, y tampoco le hallaron allí. El alguacil y su mujer, que le servían y cuidaban, no sabían cómo ni cuándo se había ido y no daban razón de su paradero.

Pasó todo el día sin que don Paco volviese y sin que se averiguase dónde estaba, y creció el asombro. Nadie acertaba a explicar la causa de aquella desaparición. Mucho tiempo hacía que por aquella comarca, merced al bienestar y prosperidad que reinaban y a la benemérita Guardia Civil, no se hablaba de bandidos y secuestradores.

?Dónde, pues, estaba metido don Paco?

La gente se lo preguntaba y no se daba contestación satisfactoria.

Los amigos, y simultáneamente don Andrés Rubio, se mostraban inquietos. Sólo no se alteraba do?a Inés. Su carácter estoico y su resignada y cristiana conformidad con la voluntad del Altísimo conservaban casi siempre inalterable la tranquilidad de su alma. Do?a Inés, además, no veía nada alarmante en el suceso, y a ella misma y a sus amigos don Andrés y el padre Anselmo se lo explicaba del modo más natural. Suponía y decía con sigilo que su se?or padre, aunque estaba sano y bueno y tenía más facha de mozo que de anciano, había empezado a envejecer, claudicar y flaquear por el meollo; culpa quizá de lo mucho que con él trabajaba y estudiaba. Ello era que, según do?a Inés, su padre, desde hacía tiempo, daba frecuentes aunque ligeros indicios de extravagancia y de chochez prematura. Tal era la causa que hallaba do?a Inés para la desaparición de don Paco. Y afirmando que sin más razón que su capricho se había ido paseando y tal vez vagaba por los desiertos y cercanos cerros, pronosticaba que cuando se cansase de vagar volvería a la población como tal cosa.

Ni en toda aquella noche ni durante el día inmediato se cumplió, sin embargo, el pronóstico de do?a Inés.

Cuando volvió Juanita a su casa, entre nueve y diez de la noche, don Paco aún no había parecido.

Juanita, que no era estoica ni tan buena cristiana como do?a Inés, estaba angustiadísima y llena de inquietud y de zozobra, por más que hasta entonces lo había disimulado.

Cuando se vio a solas con su madre, no pudo contenerse más y le abrió el corazón buscando consuelo.

-Don Paco no ha parecido-le dijo-. Mi corazón presiente mil desventuras.

-No te atormentes-contestó la madre-; don Paco parecerá. ?Qué puede haberle sucedido?

-?Que sé yo? Nada te he dicho, mamá; hasta hoy me lo he callado todo. Ahora necesito desahogarme y voy a confesártelo. Soy una mujer miserable, indigna, necia. Pude tenerlo por mío y le desde?é. Ya que le pierdo, y quizá para siempre, conozco cuánto vale, y le amo; perdidamente le amo. Y para que veas mi indignidad y mi vileza, amándole le he faltado: he atravesado su corazón con el pu?al venenoso de los celos. Yo tengo la culpa, y don Andrés está disculpado. Yo le atraje, yo le provoqué, yo le trastorné el juicio, y sí me faltó al respeto, hizo lo que yo merecía.

-Ni?a, no comprendo bien lo que dices. O es que no estoy en autos, o es que tú disparatas.

-No disparato ahora, pero he disparatado antes. Repito que he provocado a don Andrés para vengarme de do?a Inés y para dar picón a don Paco. Yo estaba celosa. Temí que él se rindiese a do?a Agustina. No comprendí cuánto me quería él. Ahora lo comprendo. Y ve tú ahí lo que son las mujeres: me halaga, me lisonjea creer que me ama tanto, y esta creencia es al mismo tiempo causa de mi pena y del remordimiento que me destroza el alma. Nada sé de fijo; pero en mi cabeza me lo imagino todo. Sin duda él me espiaba, y en la oscuridad de las calles me vio y me reconoció, o me oyó charlar y reír con don Andrés, que me acompa?ó varias noches. Y él, lleno de sospechas y apesadumbrado de creerme liviana, siguió espiándome, y anteanoche, en la misma antesala de do?a Inés, me sorprendió cuando don Andrés me abrazaba y me cubría de besos la cara y hasta la boca. Yo le rechacé con furia; pero don Paco pudo suponer, y de seguro supuso, que mi furia era fingida porque él había entrado y porque yo le había visto y trataba de aparentar inocencia. ?Sabes tú lo que yo temo? Pues temo que don Paco, juzgando una perdida a la mujer que era objeto de su adoración, se ha

ido desesperado sabe Dios dónde.

-De todo eso tiene la culpa-interpuso Juana-esa perra do?a Inés; esa degollante, que no pagaría sino quemada viva o frita en aceite.

-Te aseguro, mamá, que no sé cómo la aguanto aún; pero si esto no para en bien y ocurre algún estropicio, quien la va a quemar y a freír soy yo con estas manos. No; no soy manca todavía. La desollaré, la mataré, la descuartizaré. No creas tú que va a quedarse riendo.

Juana, al ver tan exaltada a su hija, temió la posibilidad de un delito, y exclamó como persona precavida y juiciosa:

-Prudencia, ni?a, prudencia; no te aconsejaré yo que la perdones. Bueno es ganar el cielo, pero gánalo por otro medio y no con el perdón de quien te injuria. Dios es tan misericordioso que nos abre mil caminos para llegar a él. Toma, pues, otro y no sigas el de la mansedumbre. Conviene hacerse respetar y temer. Conviene que sepan quién eres. Lo que yo te aconsejo es que tengas mucho cuidado con lo que haces, porque si tú castigas a do?a Inés sin precaución, la justicia te empapelaría como un ochavo de especias, y hasta te podría meter en la cárcel o enviarte a presidio.

-No pretendas asustarme. Si ocurre una desgracia, yo no me paro en pelillos; la pincho como a una rata, la ara?o y le retuerzo el pescuezo. Lo haría yo en un arrebato de locura y no sería responsable.

-No serías-replicó Juana-; pero te tendrían por loca y te encerrarían en el manoscomio, monomomio o como se llame; yo me moriría de pena de verte allí.

-?Pues qué he de hacer, mamá, para castigar bien a do?a Inés sin que tú te mueras de pena?

-Lo que debes hacer, ya que tienes con ella tanta satisfacción y trato íntimo, es cogerla sin testigos y entre cuatro paredes, darle allí tus quejas, leerle la sentencia y ejecutarla en seguida.

-?Y qué quieres que ejecute?

-Acuérdate de tu destreza de cuando ni?a, de cuando con la cólera hervía ya en tus venas la sangre belicosa de tu heroico padre: agarra a do?a Inés, descorre el telón y ármale tal solfeo en el nobilísimo transportín, que se lo pongas como un nobilísimo tomate. Ya verás cómo lo sufre, se calla y no acude a los tribunales. Una se?orona de tantos dengues y de tantos pelendengues no ha de tener la sinvergüencería de ense?ar el cuerpo del delito al Jurado ni a los oidores.

Al oír los sabios consejos de su mamá, Juanita mitigó su cólera, y a pesar del dolor que tenía no pudo menos de reírse, figurándose a do?a Inés, con toda su majestad y entono, azotada e inulta. Luego dijo:

-Aun sin propasarme hasta el extremo de la azotaina, y aun sin cometer ningún crimen, he de castigarla valiéndome de la lengua, que ha de lanzar contra ella palabras que le abrasen el pecho. Ha de lanzar mi lengua más rayos de fuego que la u?a del boticario. Cada una de las palabras que yo le diga ha de ser como u?a ponzo?osa de alacrán que le desgarre y envenene las entra?as.

La iracunda exaltación de Juanita no podía sostenerse y se trocó pronto en abatimiento y desconsuelo.

-?Ay Dios mío!-exclamó-. ?Ay María Santísima de mi alma! ?Qué va a ser de mí si hace él alguna tontería muy gorda, se tira por un tajo o se mete fraile? Entonces sí que tendré yo que meterme monja. Pero yo no quiero meterme monja. Yo no quiero cortarme el pelo y regalárselo a do?a Inés. Un esportón de basura será lo que yo le regale.

Y diciendo esto, rompió Juanita en el más desesperado llanto. Abundantes lágrimas brotaron de sus ojos y corrían por su hermosa cara; parecía que iban a ahogarla los sollozos y se echó por el suelo, cubriéndose el rostro con ambas manos y exhalando profundos gemidos.

La madre, que estaba acostumbrada a los furores de Juanita, no había tenido muy dolorosa inquietud al verla furiosa; pero como Juanita era muy dura para llorar, y como su madre no le había visto verter una sola lágrima desde que ella tomaba, cuando ni?a, alguna que otra perrera, su llanto de entonces conmovió y afligió sobre manera a Juana.

-No llores-le dijo-. Dios hará que parezca don Paco, y ni él será fraile ni tú serás monja, como no entréis en el mismo convento y celda.

En suma, Juana, llorando ella también, a pesar suyo, hizo prodigiosos esfuerzos para calmar a su hija, levantarla del suelo y llevarla a que se acostase en su cama. Al fin lo consiguió, la besó con mucho cari?o en la frente, y dejándola bien arropada y acurrucada, se salió de la alcoba diciendo:

-Amanecerá Dios y medraremos.

* * *

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