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   Chapter 26 No.26

Juanita La Larga By Juan Valera Characters: 8769

Updated: 2017-11-30 00:04


Era ya a mediados del mes de enero, y hacía todo el frío que puede hacer en aquel clima tan benigno.

La tertulia de do?a Inés estaba más animada y concurrida que nunca, sobre todo los jueves, día de gran recepción. En la sala había una hermosa chimenea de campana, sobre la cual, así como en la puerta de la casa, relucía el escudo de armas de la familia. En el hogar, saliente y no empotrado en la pared, alegraban la vista con sus llamas y daban grato calor la pasta de orujo, los secos sarmientos y la le?a de encina y de olivo.

Abundaban allí los muebles cómodos, y nunca faltaba, por lo menos, una mesa de tresillo.

De diario eran tertulianos constantes el padre Anselmo y don Andrés. Y lo era, así mismo, el médico, ya bastante viejo y chapado a la antigua, hombre de pocas palabras, pero sapientísimo tresillista, que solía hacer el cuarto en la mesa cuando do?a Inés jugaba. A fin de tener esta satisfacción honrosa, y tal vez para ganar algunos reales, porque se jugaba a diez por cada cien tantos, y él ganaba casi siempre, se violentaba el médico hasta el extremo de afeitarse un día sí y otro no, y dejar en la antesala la capa y el sombrero, sin entrar con la capa sobre los hombros, cuando no embozado y con el sombrero encasquetado hasta las cejas, según solía entrar en las demás casas donde iba de visita. ?Tan profundo era el respeto que do?a Inés le inspiraba!

Los jueves la concurrencia era mucho mayor y solía haber dos y aun tres mesas de tresillo. Venían el alcalde, cuatro o cinco de los mayores contribuyentes y el tendero murciano don Ramón, que era la persona más acaudalada del lugar después de don Andrés. Venían, por último, don Pascual, el maestro de escuela, y don Policarpo, el boticario.

Do?a Inés había mostrado cierta repugnancia a que el boticario viniese; pero don Andrés había conseguido vencerla, no sin prometer antes leer al boticario la cartilla para que no se desmandase ni dejase escapar alguna barbaridad impía o librepensadora. Don Andrés le dijo que él respetaba como nadie la libertad de conciencia y de ense?anza; pero que si quería gozar de la tertulia de los se?ores de Roldán, debía ser como los catedráticos pagados por el Gobierno, que si son prudentes y juiciosos, se guardan sus impiedades para mejor ocasión, y en la cátedra, que es su tertulia de do?a Inés, son muy comedidos y procuran no decir nada que ofenda las creencias de quien los paga o de quien los recibe.

El boticario, que tenía mucha gana de ir a la tertulia, aceptó las condiciones, y siempre que fue se dejó el libre pensamiento en su casa, aunque no pudo dejarse ni quiso cortarse su endiablada y taumatúrgica u?a.

Durante mucho tiempo fue do?a Inés la única se?ora que en la tertulia había. Parecía aquello un club de caballeros con una se?ora presidenta.

Hacía poco tiempo, no obstante, que se había introducido una sorprendente novedad.

A la tertulia de los jueves primero, y más tarde a las de diario, asistía otra se?ora. Era esta la noble viuda do?a Agustina Solís y Montes de Allende el Agua, matrona de treinta y pico de a?os, aunque lozana, fresca, graciosa, de buenas carnes y mejor parecer, y con veintiocho o treinta mil reales de renta sobre poco o más o menos.

No era menester ser un lince para comprender que do?a Inés, cuando consentía que hubiese otra dama en su tertulia, y aun gustaba de ello, era porque había decidido y decretado casarla con su padre, don Paco.

Do?a Agustina estaba tan satisfecha de aquella inusitada distinción y tan agradecida y sumisa a do?a Inés, que sin dificultad recibiera en su corazón, como la blanda cera recibe el sello, el nombre, la imagen y el afecto de la persona que do?a Inés quisiese grabar en él. Y era tanto más fácil este grabado cuanto que don Paco no sólo estaba muy de recibo, sino que tenía hermosa presencia y la merecida reputación de ser el hombre más entendido y discreto de Villalegre. Además, do?a Agustina-y do?a Inés lo sabía de buena tinta-estaba harta de viudez y de tener el corazón vacío o como tabla rasa y lisa, y deseaba hallar algo digno de que en él se grabase.

Tal vez para buscarlo se componía y se atildaba con esmero, y hasta había ido a varias ferias y romerías en otras poblaciones; pero todo había sido en balde y no había hallado hasta entonces sujeto que le petara.

Do?a Inés esperaba con fundamento que le petaría don Paco. Y com

o necesitaba para esto que don Paco la viese, hablase con ella y estuviese muy fino, do?a Inés, que antes de concebir este proyecto de boda no se empe?aba mucho en que viniese su padre a la tertulia, le excitaba ahora y casi le mandaba, con el desenfado imperatorio tan propio de ella, que no dejase de venir ninguna noche.

Don Paco obedecía y venía, de suerte que de diario Juanita le veía entrar, cuando ella estaba en la antesala, si bien don Paco, desde?ado y despedido, no se detenía a hablar con ella y pasaba de largo, limitándose a decir buenas noches.

Juanita contestaba al saludo con fingida indiferencia; pero a hurtadillas miraba a su antiguo pretendiente, y cada vez que le miraba le encontraba mejor. El tinte de melancolía que se mostraba en su semblante le hacía parecer más digno y más hermoso. Juanita imaginaba, ufanándose, que el amor de él, aunque mal pagado, había ennoblecido y hermoseado su alma y sus facciones, desterrando de ellas aquella vulgar expresión que solía tener antes, cuando él, exento de amor sublime y poco venturoso, lucía su ingenio diciendo chuscadas a menudo chocarreras.

Así, y no muy poco a poco, sino de prisa, reconoció Juanita que el aprecio y la amistad que siempre le había inspirado don Paco se convertían en amor, y que el amor aumentaba a pesar de tener más de medio siglo su objeto.

Influía muchísimo en este aumento el recelo que Juanita tenía de perder a su desde?ado adorador, de que este acabase por sanar de su pasión desgraciada y de que al fin cediese a las insinuaciones o casi mandatos de su hija.

Dice un precepto vulgar: ?Lo que no quieras comer déjalo cocer.? Pero apenas hay hembra que cumpla con tal precepto cuando se aplica a cosa de amores. Juanita no lo hubiera cumplido aunque no hubiera amado ya a don Paco. La consolaba y la hechizaba tener aquella víctima constante y ver arder aquel corazón, cual perpetuo holocausto, en aras de su hermosura. Aun cuando ella no hubiese aceptado el sacrificio, se hubiese afligido mucho de que viniese do?a Agustina y le robase el corazón sacrificado. Mayor era aún la aflicción de Juanita al notar que el sacrificio de don Paco le era cada día más agradable. Tentaciones tenía a menudo de detener a don Paco cuando pasaba por la antesala, de decirle que se arrepentía de haberle escrito la carta despidiéndole y de encomendarle que no entregase a do?a Agustina el corazón, porque ella le quería para sí y le cuidaría con más regalo y mimo que ninguna otra mujer de la tierra.

Cuando Juanita veía pasar por la antesala a do?a Agustina, que iba muy pomposa a la tertulia, la sangre del valiente oficial de Caballería que circulaba en sus venas se alborotaba toda, y necesitaba ella del dominio que tenía sobre sí para contener sus ímpetus y no ara?ar a do?a Agustina. Otras veces, recordando ciertas ma?as, usos y costumbres que había tenido en su venturosa y libre ni?ez, sentía el prurito de agarrar a aquella se?ora y, según solía hacer in tilo tempore con otras ni?as de su edad y aun mayores, alzarle las faldas y darle una buena mano de azotes.

Pero si Juanita era brava, también era discretísima; y firme en sus propósitos de ser prudente, se refrenaba y se vencía. Por coincidencia, y aunque ella no hubiese leído el soneto de Lope, concebía imágenes pastoriles y acaso se figuraba a do?a Agustina como a una mayorala o rabadana que llevaba en pos de sí, atado con un cordón, el manso que ella, la zagala Juanita, había cuidado con esmero, dándole de su sal a pu?ados. Y entonces se le antojaba decir a do?a Agustina: ?Suelta el manso, que es mío; déjalo en libertad, y verás cómo viene a mí.

Que aún tienen sal las manos de su due?o.?

Sin embargo, Juanita se limitaba a cavilar y a recelar, permaneciendo inactiva. Todo lo que entonces hubiese hecho en contradicción con los dos proyectos de do?a Inés del casamiento de su padre y del monjío de ella, hubiera sido la más audaz rebelión contra la tiranía de la reina absoluta de Villalegre, y a don Paco y a ella los hubiera puesto en peligro de tener que emigrar, como Adán y Eva, expulsados del Paraíso.

Por otra parte, Juanita era tan orgullosa, que por más que le doliese el recelo de que do?a Agustina le quitase a don Paco, no quería, llamándole a sí, acudir al punto a evitarlo y quedarse con la duda de que él, no llamado, hubiese podido ceder y entregarse a otro due?o.

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