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   Chapter 25 No.25

Juanita La Larga By Juan Valera Characters: 9166

Updated: 2017-11-30 00:04


Por dicha no se apresuraba do?a Inés para que el plan del monjío de Juanita se realizase, y así le daba tiempo de apercibirse a la rebelión con fuerza bastante para sacudir el yugo sin menoscabo de sus intereses y proyectos.

Si bien do?a Inés sentía y confesaba que iba a hacer un inmenso sacrificio al desprenderse de Juanita, única mujer que la comprendía en el mundo y que podía ser su compa?era, en manera alguna quería prescindir de este sacrificio, que le daría honra entre los mortales y que Dios lo tendría en cuenta para pagárselo en el cielo. Persistía, pues, con firmeza en su plan, pero lo retardaba, y mientras lo retardaba lo iba completando en sus pormenores, consultándolo todo con el padre Anselmo.

Decidió do?a Inés pagar ella el dote de Juanita. Sobre lo que vacilaba aún era sobre el convento en que debía ponerla. Después de haber desechado muchos, pensó en uno que hay en Ecija, con cuya abadesa se carteaba, porque era allí donde se hacían los célebres bizcochos de yema imitados por Juana la Larga. Afirmaba do?a Inés que toda persona que tenía buen paladar reconocía al punto la imitación de Juana, porque carecía del quid divinum que hay en los legítimos, prestándoles tan soberano sabor, que si con grosero y material supuesto pudiésemos imaginar que los querubines, cuando bajan a la tierra con algún mensaje de arriba, tienen el capricho o se allanan a comer algo, sin duda que no comerían otra cosa que los tales bizcochos de yema hechos por las mencionadas monjas.

A despecho de tan importantes motivos, no sabemos por qué do?a Inés desistió de que Juanita fuera al convento de Ecija, y hubo de fijarse al fin en las Comendadoras de Santiago, en Granada, donde, si no se hacen aquellos peregrinos e inimitables bizcochos, se hacen los mejores almíbares de toda Andalucía. Mientras trazaba y preparaba do?a Inés todo esto en favor de Juanita, de quien se había declarado protectora y directora, su cari?o hacia la protegida y la discípula iba creciendo más y más, dando de sí raras muestras y combinándose en él lo sagrado y lo profano.

Un día estuvo do?a Inés tan sentimental, que deshizo el peinado de Juanita, admiró su abundante, undosa y suave mata de pelo, la besó varias veces, calificó de horrible desacato el que las manos rudas e impuras de un campesino lograsen tocarla y enredar los dedos en ella, y se la figuró ya como cortada al pie del altar el día en que Juanita profesase, rogándole que para entonces se la legase a ella, porque ella la conservaría como reliquia del más subido precio.

Juanita agradeció mucho esta lisonjera petición de do?a Inés, y, casi con lágrimas de gratitud en los ojos, prometió a do?a Inés que la mata de pelo sería suya cuando se la cortase.

Merced a tantas entrevistas y confidencias de las dos amigas, Juanita estaba casi todas las tardes en casa de do?a Inés, no yéndose de su lado o de su casa hasta pasada la hora en que solían venir los se?ores de la tertulia.

Algunos de estos veían a Juanita en la antesala, y como allí estaba sin cubrirse la cabeza y sin ocultar y dar sombra a la cara, con el mantón muy echado hacia adelante, según el recato y el beaterio lo exigen, Juanita, sin poderlo evitar, no les parecía saco de paja, y a menudo la miraban por estilo pecaminoso.

Quien más se adelantó en esto fue el propio amo de la casa, el se?or don Alvaro Roldán, que era muy tentado de la risa. En varias ocasiones, hallando a Juanita sola, la requebró con más fervor que chiste y finura, y Juanita, que veía en aquel caballero sujeto a propósito para descargar su mal humor, le respondía siempre con feroz desabrimiento o con sangrienta burla. Y como don Alvaro ni por esas se desenga?ase y se atreviese un día a dar a la muchacha una palmadita en la cara, ella le dijo mirándole de arriba abajo con desprecio y enojo:

-Las manos quietas, se?or don Alvaro. Conténtese usted con tocar el violón, y a mí no me toque. ?Pues no faltaría más! ?Será menester que me queje yo a do?a Inés de la insolencia de usted? Para que una mocita decente esté tranquila en esta casa, ?necesitará la se?ora atar a usted con una cadena al lado del mono?

Don Alvaro, que era tímido, blandengue y avezado a la servidumbre, receló que Juanita armase un alboroto, le cobró miedo y desistió de su amorosa empresa.

Había al mismo tiempo, ya se entiende que en otras ocasiones y apartes, otro personaje más emprendedor y menos asustadizo. Fue este el propio y respetado cacique de Villalegre: el excelentísimo se?or don Andrés Rubio.

También don Andrés, que no faltaba nunca a la tertulia, enco

ntró no pocas veces a Juanita, ya en la antesala, ya en los corredores, ya en la escalera, ya en el zaguán cuando ella se iba.

Don Andrés había admirado mucho a Juanita el día en que ella se mostró imprudentemente tan engalanada en la iglesia, y había conservado de ella muy buena impresión. No la defendió en la tertulia por no contradecir a do?a Inés y por no censurar indirectamente la excesiva severidad del padre Anselmo contra el lujo de las mujeres; pero allá en su interior no vio nunca malicia en lo que Juanita había hecho, y se limitó a calificarlo de inoportuna ligereza, de que la madre era más culpable que la hija. De suerte que don Andrés no creyó en su arrepentimiento y en su deseo de ser monja.

Don Andrés conocía el carácter de do?a Inés y daba por evidente que do?a Inés, así como en un principio había hecho víctima a Juanita de su enojo, imaginándosela, aunque en cierne, una desaforada pecadora, después, trocado el enojo en estimación, admiración y cari?o, se proponía, con el mejor intento y por su manía de gobernarlo y de arreglarlo todo, hacer víctima a Juanita empujándola a la santidad por un camino que ella no tenía ganas de seguir.

Así predispuesto, don Andrés empezó por mirar a Juanita con cierta benigna curiosidad cuando casualmente pasaba cerca de ella y la hallaba sola. Después, sin reflexionar en lo que hacía, don Andrés y quién sabe si la muchacha misma, ya que hasta la más inocente suele dejarse guiar por endiablados instintos, prestaron auxilio a la casualidad y la convirtieron en providencia, hallándose casi todos los días y pasando tan cerca de ella, que casi tropezaban o se tocaban.

Es natural que Juanita no se escondiese ni huyese, porque ni ella era medrosa ni don Andrés era el bu ni una fiera.

Don Andrés era un caballero muy bien educado, pulcro y finísimo, soltero, que no había cumplido aún cuarenta a?os, y verdadero amo y se?or de Villalegre, donde hacía ya ocho a?os que reinaba con lo que podemos calificar de despotismo ilustrado.

No me incumbe aprobar ni reprobar aquí el despotismo, aunque sea con ilustración, ni mostrame partidario o adversario del cacicazgo. Yo tomo y empleo el vocablo en cierta acepción, como generalmente se emplea, aunque siento que contenga implícita una injuria para las poblaciones en que hay cacique, porque es suponerlas salvajes, y no quiero calificar de tales a los de Villalegre. Desecho, pues, la suposición implícita y acepto y empleo los vocablos de ?cacique? y ?cacicazgo? como los más usados y adecuados para expresar la condición de don Andrés y el poder que en Villalegre ejercía. El había heredado este poder de su padre y luego le había mejorado y engrandecido mucho, ayudado por la actividad y variadas aptitudes de don Paco, y aun por los consejos e inspiraciones de do?a Inés, quien, según se decía, ya con malicia, ya con sencillo aplauso, era la ninfa Egeria de aquel Numa.

El, antes de retirarse al lugar después de la muerte de su padre para cuidar de la hacienda y hacer vida de labriego, desenga?ado y harto del estruendo de las grandes ciudades y de sus pompas vanas, había pasado mucho tiempo en Madrid, en cuya Universidad había hecho sus estudios, y hasta había viajado algo por Francia, Italia e Inglaterra.

Era, por tanto, don Andrés un cacique archiculto y como hay pocos. Y conviniendo yo en esto con mi entusiástico amigo el diputado novel, afirmo que si todos los caciques fueran como don Andrés, sería gran ventura que cada pueblo tuviese su cacique; todo en cada pueblo estaría bien aseado y mejor cuidado; daría gusto andar por sus paseos y por sus caminos; el maestro de escuela no se moriría de hambre, y se gozaría de tan ordenada libertad, que el boticario podría ser impunemente, como don Policarpo, brujo y ateo, sin que por esto se suprimiesen ni dejasen de celebrarse con devoción, entusiasmo y regocijo hasta las más candorosas procesiones, aunque hubiese en ellas judíos, soldados romanos, Longinos con lanza y lazarillo después de quedarse ciego, paso de Abrahán y apóstoles y profetas.

Todas estas tradicionales, artísticas y pintorescas manifestaciones de la piedad religiosa encantaban más a don Andrés que al más sencillo devoto de todos los habitantes de Villalegre, y por su gusto no se suprimía nada, sino que se aumentaba y se mejoraba bastante.

Tal era el cacique don Andrés Rubio, inclinado a admirar todo lo bello y candoroso. ?Cómo, pues, no había de admirar también a Juanita, dejándose llevar de su irreflexiva admiración a modo de quien se desliza y cae sin sentir por un suave declive?

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