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   Chapter 22 No.22

Juanita La Larga By Juan Valera Characters: 9193

Updated: 2017-11-30 00:04


Su rehabilitación costó a Juanita largo tiempo, y además no pocos sacrificios, trabajos y esfuerzos de voluntad.

Fue lo más duro para ella el tener que vivir, sobre todo al principio, en soledad completa.

Se aburría, y a menudo recelaba que iba a enfermar de ictericia. No podía ni quería retroceder y charlar de nuevo y reanudar amistades con las mozuelas que antes había tratado, las cuales, ofendidas ya, le darían acaso mil sofiones; ni menos podía intimar, aunque lo desease, con las hidalgas y con las hijas de los labradores ricos, que se preciaban de se?oritas y que huirían de ella, así por la humilde posición de su madre como por su ilegítimo nacimiento y por la mala fama que le habían dado en el lugar, y que entre todos sus habitantes cundía.

Juanita tuvo que perder hasta la amistad y el trato de Anto?uelo. Y esto no sólo para no seguir dando pábulo a la maledicencia, sino también porque Anto?uelo estuvo muy tonto y ella se vio en la precisión de despedirle con cajas destempladas y para siempre.

Dos días después de haber predicado el padre Anselmo su famoso sermón, Anto?uelo volvió de sus correrías. Entonces no se hablaba en el lugar sino del escándalo que Juanita había dado y de la severa y merecida lección que del padre Anselmo había recibido.

Ya en la plaza, ya a la sombra de algunos álamos que están en el altozano, cerca de la iglesia, y donde se reúne y platica la gente moza, varios amigos y conocidos embromaron pesadamente a Anto?uelo por el papel desairado y ridículo que suponían que había hecho reverenciando, sirviendo y adorando casi como una deidad a una mozuela que le desde?aba y que aceptaba, quién sabe hasta qué punto, los regalos y el amor de un rival dichoso.

Las relaciones entre Juanita y Anto?uelo tal vez parecerán inverosímiles a quien piense someramente en ello; pero yo creo que son más naturales y frecuentes de lo que se imagina.

Desde la infancia habían vivido en la mayor intimidad Anto?uelo y Juanita.

Con cortísima diferencia, tenían la misma edad, y podía asegurarse que se habían criado juntos. El era zafio, mal educado, travieso y atrevido; tenía pocos alcances y una voluntad tan realenga, que ni a su padre se sometía; peto en estos mismos defectos se fundaba la amistad de Juanita hacia él. Juanita había adquirido y conservaba tai imperio sobre aquel muchacho, que lograba que la respetase, temiese y obedeciese como un perro a su amo.

A ella no se le pasó jamás por la imaginación el querer a Anto?uelo como una mujer quiere a un hombre. Y él, como por una parte la tenía por un ser superior y por otra parte sus instintos amorosos eran vulgarísimos, procuraba emplearlos y satisfacerlos en más fáciles objetos, y sin darse cuenta de ello, e ignorando su esencia y su nombre, consagraba a Juanita un afecto puro, ideal y platónico. Sentimientos tales, si bien se recapacita, no son extra?os al alma de los más vulgares sujetos. Todos o casi todos los hombres tienen sed, tienen necesidad de venerar y de adorar algo. El espiritual, el sabio, el discreto, comprende con facilidad y adora a una entidad metafísica; a Dios, a la virtud o a la ciencia. Pero el rudo, el que apenas sabe sino confusamente lo que es ciencia, lo que es virtud y lo que es Dios, consagra sin reflexionar ese afecto, en él casi instintivo, a un ídolo visible, corpóreo, de bulto.

Juanita era este ídolo para Anto?uelo. Juanita era también su oráculo. El oía con religioso respeto sus advertencias y amonestaciones, y de buena fe se prometía y prometía al pronto tomarlas para pauta de su conducta. Siempre que Anto?uelo se hallaba en la presencia de Juanita, se sentía avasallado por su influjo, deslumbrado por su superior inteligencia y ligado a la voluntad de ella. Por desgracia, no bien Anto?uelo se hallaba ausente de Juanita, el influjo bienhechor desaparecía, y los instintos brutales y las malas pasiones acudían en tropel y desataban o rompían las ligaduras y arrojaban al olvido los buenos consejos y preceptos que Juanita le había dado. Anto?uelo, lejos de la fascinación y del encanto que casi milagrosamente le habían conservado como ser racional, se convertía en un estúpido y en un perdido.

A pesar de la ineficacia, por falta de duración, de su poder purificante sobre el alma de Anto?uelo, Juanita le quería, se interesaba por él y sentía halagado su orgullo al dominarle, aunque fuera momentáneamente.

Para dar una idea exacta de la inclinación de Juanita hacia aquel mozo, diré que se parecía a la que yo he visto que tienen ciertas grandes se?oras ya por un alano, ya por un mastín corpulento y p

oderoso que hay en casa de ellas, que inspira terror a las visitas, que parece capaz de derribar a un hombre de un manotazo y de destrozarle de un mordisco, y que, sin embargo, se echa con la mayor humildad a las plantas de su ama y siente inexplicable placer si ella con su blanca mano le toca la cabeza o con el pie le sacude o le pisa.

En la ocasión de que vamos hablando, las feroces burlas de sus camaradas habían transformado a Anto?uelo; su domesticidad y mansedumbre habían desaparecido: ya no era perro, sino lobo.

Traía muy estudiado el discurso, si puede llamarse discurso lo que iba a decir; y a fin de que no se le borrara de la memoria o se le enmara?ara en el caletre, deseaba descargarse de él como quien suelta un peso y decirlo sin preámbulos. La ocasión se presentó propicia a su deseo.

Juana estaba en la cocina, y Anto?uelo halló sola a Juanita cosiendo en la sala. Venía él con el entrecejo fruncido y con marcadas se?ales en toda la cara de muy terrible enojo. Apenas se saludaron él y ella, Anto?uelo dijo:

-Vengo a quejarme de ti, a decirte que me has enga?ado. Por culpa tuya he estado haciendo el tonto, y no quiero hacerlo más.

-Pues, hijo mío-dijo ella riendo-, yo no sé cómo te las compondrás para no seguir haciendo el tonto. Lo que yo sé es que no tengo la culpa de que lo hayas sido hasta ahora, y menos sé aún en qué y cuándo te he enga?ado.

-Me has enga?ado fingiéndote santa, para que yo, embaucado, te adorase, cuando no eres santa, sino una mala mujer. Por todo el lugar no se habla de otra cosa sino de tus relaciones con don Paco, y de que te mantiene y te viste.

-?Y has creído tú esas calumnias? ?Y en vez de defenderme y de enfurecerte contra los calumniadores te enfureces contra mí? Juanita dejó escapar irreflexiblemente estas últimas frases. Luego se reprimió y procuró enmendarlas. Creía bruto a Anto?uelo, pero no lo creía cobarde.

Si dejó de defenderla fue, no por cobardía, sino por maliciosa necesidad que acepta lo malo como cierto. De todos modos, más valía así. Mucho hubiera contrariado a Juanita que por sacar la cara por ella hubiera re?ido Anto?uelo, resultando tal vez de la ri?a heridas o mayores desgracias, que hubieran empeorado la situación.

Juanita a?adió entonces:

-Bien pensado, hiciste bien en no defenderme. He sido imprudentísima. Los que no me conocen tienen algún fundamento para acusarme. Las apariencias me condenan. Yo me resigno y perdono a los que me acusan. Perdónalos tú también, pero no los creas. Tú, que me conoces de toda la vida; tú, que sabes con qué pureza de afecto, con qué ternura de hermana te he querido y te quiero aún, no debes, no puedes creer esas infamias; pues qué, ?no comprendes que yo soy capaz de querer a don Paco por el mismo estilo que a ti te quiero?

-Esa es grilla, esa es grilla-replicó Anto?uelo-. Tú, con tus sutilezas y mentiras, quieres volverme tarumba; pero no lo conseguirás. Te burlas de mí porque me crees bobo. No quiero callar. Aunque me pongas el dedo en la boca, te morderé y no callaré. En adelante no quiero ser tu juguete. Quien te conozca, que te compre. Me han abierto los ojos. Ya te conozco. Eres una tramoyana y una perdida. Y tu madre es peor que tú.

La última frase la decía Anto?uelo para desafiar también la cólera de Juana, que entraba en la sala de vuelta de la cocina.

-?Ay ni?a, ni?a!-dijo Juana-. ?Qué paciencia la tuya! ?Por qué aguantas los insultos de este animal de bellota, las coces de este mulo resabiado?

-Se?ora-replicó Anto?uelo-, mire usted lo que dice y no se desvergüence conmigo, si no quiere que me olvide yo de que es mujer y le ponga las peras a cuarto o la emplume, como merece.

Al oír esto Juana ya no contestó palabra, pero se precipitó sobre el que tan atrozmente la ofendía Juanita se interpuso entre su madre y el mozo, a fin de evitar la lucha.

-Vete, vete al punto de esta casa y no vuelvas más en tu vida. Para mí has muerto. Quiero olvidar hasta el santo de tu nombre. No tengo que darte cuenta de mi conducta. Nada me importa ni me aflige el ruin concepto que formes de mí. Vete.

Y diciendo y haciendo, interpuesta siempre entre su madre y el mozo, recelosa de que se empe?asen en un combate tragicómico, fue empujando con suavidad a Anto?uelo hasta la puerta de la calle. Ella misma levantó el picaporte, abrió la puerta y echó de su casa al amigo de toda la vida. Al hacer esto, en el rostro de Juanita se mostraba más bien la tristeza que la cólera; Anto?uelo, al mirarla tan digna, amainó en su furor, no persistió en sus improperios, y se fue cabizbajo y silencioso.

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