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   Chapter 18 No.18

Juanita La Larga By Juan Valera Characters: 14111

Updated: 2017-11-30 00:04


Atolondrado don Paco con los sucesos de aquel día, y más aún con la expulsión de que acababa de ser objeto, no sabía qué camino tomar ni a qué carta quedarse, y maquinalmente se fue a su casa a meditar y a hacer examen de conciencia. Lo primero que notó fue que la tenía muy limpia. No era ningún delito, aunque pudiese pasar por extravagancia, el que estuviese enamorado de aquella muchacha que podía ser su nieta. El haber ido a su casa todas las noches durante algunas semanas apenas le parecía imprudente y digno de censura. De Juanita formaba, sucesiva y a veces simultáneamente, distintos conceptos, como sí en el fondo del ser de ella hubiese algo de misterioso e indescifrable. De sobra reconocía él que Juanita, si no le había dado calabazas, era porque él no se había declarado en regla; pero con sus bromas de llamarle abuelo y con la ma?a que ella empleaba para que él no le hablase al oído y para esquivar el estar a solas con él, harto claro se veía que no quería admitirle por novio ni por amante. Sin embargo, ?sería esto cálculo o ladino instinto de mujer para cautivarle mejor o para entretenerle con esperanzas vagas? También recordaba don Paco los cuchicheos de Juanita con Anto?uelo y se ponía celoso.

?Si estaría ella prendada de Anto?uelo, y considerando que como novio no le convenía, pensaría en plantarle y en decidirse al fin por don Paco, como mejor partido y conveniencia? ?Si titubearía ella entre su propio gusto y lo que su madre, sin duda, le aconsejaba? Como quiera que fuese, don Paco tenía estampada en las telas del juicio la imagen de Juanita, y cada vez le parecía más hermosa y más deseable. Harto bien notaba que ni su madre ni ella habían tratado jamás de medrar a su costa de un modo pecaminoso e ilegítimo. La madre acaso le deseaba para yerno. Lo que es la hija, hasta entonces no había mostrado desearle, ni menos buscarle para amante ni para marido. El había hecho todos los avances. Culpa suya era todo aquel furor suscitado contra las dos mujeres, del cual no le cabía la menor duda de que do?a Inés era promovedora. Consideraba luego don Paco, y esto le lisonjeaba y le ponía muy orondo, que Juanita, ya que no le amase, se deleitaba con su conversación, le reía los chistes, le aplaudía las discreciones, y oyéndole hablar, se mostraba muy atenta y como pendiente de sus labios.

En aquella casa, de donde le habían echado, no había recibido sino honestos y amistosos favores, en pago de los cuales, y fuese por lo que fuese, acababan de recibir ambas mujeres un agravio sangriento, para el cual se creía él obligado de hallar satisfacción. Exaltado por estas cavilaciones, se decidió don Paco a ir a ver a su hija, a explicarle con franqueza y lealtad lo que había pasado y a pedirle cuentas de su maligna conducta.

De mucho valor tenía que revestirse para atreverse a dar aquel paso. Do?a Inés, con su severidad y su tiesura, casi le infundía miedo; pero le venció la vergüenza, hizo cuanto pudo para apartarlo de sí, y se dirigió, con todos los bríos que pudo recoger y acumular en su ánimo, a casa de la se?ora do?a Inés López Roldán, a quien sabía él que hallaría sola a la hora de la siesta.

En casa de do?a Inés se comía entonces a las dos de la tarde. Don Alvaro, cuando no estaba en el campo, se acostaba en seguida, y como comía bastante y bebía más del exquisito vino que se cría por allí, y que es mejor que el de Jerez, con perdón sea dicho, se tendía en su cama y estaba roncando hasta las cuatro o las cinco de la tarde.

A los ni?os se los llevaban Serafina, el ama, y Calvete al otro extremo de la casa, donde no molestaban con su ruido. Do?a Inés se quedaba entonces sola en su estrado o en su despacho, ya haciendo cuentas, ya entregada a sus oraciones, ya leyendo algún libro de devoción o de historia.

El cacique don Andrés y otros personajes importantes del lugar no venían de visita o de tertulia sino por la noche. Las malas lenguas pueden decir cuanto se les antoja, los mal pensados pueden suponer las mayores diabluras; pero lo cierto es que do?a Inés era recatadísima y, o bien tenía razón el padre Anselmo y era una Lucrecia cristiana, o bien sabía, con prodigioso artificio, practicar aquel famoso precepto que dice: ?Si no eres casta, sé cauta.? De aquí que do?a Inés pudiese erguir muy alta la frente y calificar de brutal y grosera calumnia la más leve insinuación que contra su honestidad se atreviese a hacer algún deslenguado.

Muy entretenida se hallaba entonces leyendo la vida de Santo Domingo, porque a causa de la función de iglesia no había leído aquel día muy de ma?ana el A?o cristiano, como tenía de costumbre, cuando entró Serafina a anunciar que don Paco llegaba a visitarla. Don Paco tenía entrada franca en aquella casa; pero Serafina le anunció para tener prevenida a su ama. Apenas transcurrió un minuto entre el anuncio y la entrada de don Paco diciendo buenos días.

-Buenos días dé Dios a usted, se?or padre-dijo do?a Inés, levantándose de la silla, acudiendo respetuosamente a su padre para besarle la mano y convidándole a sentarse, como se sentó, en un sillón, frente a ella.

-Dichosos los ojos que ven a usted-prosiguió do?a Inés-. Hace no sé cuántas semanas que no pone usted los pies aquí. ?Qué negocios le traen a usted tan ocupado? ?Qué le ha caído a usted que hacer que no le deja siquiera una hora o dos libres por la noche para venir a mi tertulia, verme y darme el gusto de que yo le vea, echar algunas manos de tresillo o tener un rato de agradable conversación con el padre Anselmo y con los demás se?ores que honran mi casa con su presencia?

Estas cari?osas quejas parecían todas sin intención y como nacidas del filial afecto; pero al mismo tiempo era un cruel interrogatorio, que turbó a don Paco, y al que tuvo que hacer un esfuerzo para contestar. De nada valía el disimulo. Era menester contestar con franqueza, y don Paco, armándose de valor, contestó de esta suerte;

-Tienes razón en quejarte, hija mía. Hace tiempo que no vengo a tu tertulia, ?qué quieres? Acaso han sido chocheces, extravagancias de viejo; pero yo había tomado la ma?a de ir a otra tertulia más modesta y menos elegante que la tuya, y que, sin embargo, lo confieso, tenía para mí singular atractivo.

-?Válgame Dios, se?or padre! Lo había oído decir, pero no lo había querido creer hasta que lo oigo de su boca. Extra?o me parece que una persona de la posición, de la gravedad y de los conocimientos de usted se deleite rebajándose y dando conversación, durante horas enteras, a dos mujeres tan ordinarias y tan poco edificantes como las Juanas; pero más extra?o es todavía que no sea la conversación de usted y su tertulia con ellas solas, sino que haya usted tenido casi siempre por contertulio a Anto?uelo, el hijo del herrador, el más pillete y el más zafio de todos los mozos de este lugar. ?Singular tertulia! ?Buen par de parejas estaban ustedes! La verdad..., yo no sabía qué decir cuando me hablaban de esto. Aseguraban unos que Anto?uelo es el novio, o sabe Dios qué, de la Juanita, y le endosaban a usted a la Juana. O

tros afirmaban que usted pretendía a Juanita; pero entonces, ?en qué se empleaba, qué papel hacía el celebérrimo Anto?uelo? ?Eran ustedes rivales? Confiese usted que ha sido una locura, un disparate, lo que ha estado usted haciendo. No niego yo que la Juanita es guapa, aunque más que de honrada mocita tiene trazas de desaforada marimacho o de desenfrenada potranca. Pero aunque fuese Juanita la propia diosa Venus, debía usted (perdóneme, se?or padre, si se lo digo, por el interés y el amor que me inspira), debía usted no avillanarse yendo a diario a su casa. Pecado y vicio sería ir allí solo y como favorecido vencedor; pero ir en competencia con Anto?uelo, francamente, yo no acierto a calificarlo. Lo mejor que se puede decir es que ha sido un delirio. Vuelva usted en su juicio; deje de visitar a esas mujeres, y todos trataremos en el pueblo de hacer olvidar que usted las ha visitado pretendiendo a una de ellas, hasta ahora tal vez en balde. Si ha pecado sólo con la intención, no por eso es menor el pecado. Al contrario, ya que no para las personas piadosas y timoratas, para gente vulgar y profana es pecado más feo. No se ofenda usted si me atrevo a declararlo, con harto dolor lo declaro: la ridiculez le acompa?a.

Casi todo el valor de que se había armado don Paco a fin de hablar a su hija y de quejarse de su conducta, cayó derribado a los pies de la se?ora de Roldán. Sus contundentes razones abrumaban a su padre como una lluvia de acicalados chuzos, cuyas puntas se le clavaban en el corazón. Mirando todo por el lado poético, se explicaba satisfactoriamente: Juanita era el recato, la virtud, el talento y la modestia en persona. Era, además, hermosa como una ideal virgen espartana, como la propia Diana Cazadora, rica en salud y gallardía; esbelta, fuerte y ágil; con todos los atractivos de la más casta, limpia y juvenil hermosura. Si Anto?uelo, que era un perdido, iba allí y trataba con la mayor familiaridad a Juanita, esto consistía en que Anto?uelo se había criado con ella desde la infancia; en que ella le miraba y candorosamente le quería como a un hermano, y en que procuraba evitar que se extravíase y cayese en el precipicio.

La propia madre de Juanita, aunque había tenido en su mocedad lo que llaman en aquellos lugares un tropiezo, estaba-ya purificada por la vida ejemplar que había hecho después y por el honroso trabajo con que había logrado sustentarse y criar y conservar el fruto de sus desventurados amores. Todo esto y más podía valer como respuesta a las observaciones de do?a Inés. Pero lo cierto era que, despojado el caso de este tinte poético, y tal como el prosaico vulgo podía entenderlo, do?a Inés tenía razón que le sobraba. Para la generalidad de los habitantes de Villalegre, Juanita no era más que la mozuela del cántaro, la hija ilegítima de Juana la Larga, la chica que había corrido y jugado con los pilletes en medio de las calles hasta la edad de nueve o diez a?os, y la que después había conservado una sospechosa e íntima amistad con Anto?uelo, el cual pasaba entre todos por un tunante de la peor especie.

De aquí el desairado y mal papel que una persona de los a?os, de la seriedad y la importancia de don Paco no podía menos de hacer en apariencia, o bien siendo rival de Anto?uelo, o bien de acuerdo con él para cortejar a la madre uno y a la hija el otro. Reponiéndose, no obstante, de la consternación que el tremendo discurso de do?a Inés le había causado, y por lo mismo que ella con su feroz acometida le acorralaba y, como suele decirse, le ponía entre la espada y la pared, don Paco habló, al fin, con energía, y dijo de esta suerte:

-La gente podrá decir lo que le dé la gana. Yo me río de la gente, porque lo que dice es injusto. Tal vez me acusen las apariencias. En realidad, no hay culpa, ni falta, ni desdoro en lo que he hecho. Mi yerno será un se?or muy noble, pero yo no lo soy, y al tratarme con los plebeyos, me trato con mis iguales. Sólo se puede exigir de mí que sean decentes las personas que trato, y no hay el menor motivo para afirmar que las Juanas no lo sean. La vista y la conversación de Juanita me deleitaban, y por eso he estado yendo a casa de Juanita todas las noches. Soy mayor que tú en edad, saber y gobierno. Sé lo que me hago. No necesito de guía. No quiero ni debo aguantar tus sermones. Me basta con aguantar el que nos ha echado hoy el padre Anselmo, inocente tal vez, pero que tú y otras mujeres envidiosas habéis envenenado con vuestra malicia.

-?Dios mío!-interrumpió do?a Inés-. ?Esto solo me faltaba: que llegue la ceguedad de usted hasta suponer que yo envidio a esa hija... de su madre! Lo ocurrido es muy natural; la desvergonzada mozuela se ha encajado en la iglesia, no vestida humildemente, según su clase, sino con el lujo escandaloso de las mujeres cortesanas que bullen en las grandes ciudades y que son la perdición de los hombres. ?De dónde ha salido el traje que llevaba puesto? Aquí nadie lo ignora. Era regalo de usted.

-No he de negar yo que era regalo mío. Ella lo aceptó por no desairarme; pero como me ha dado en cambio prenda de más valor, nadie puede decir que se viste a mi costa. Juanita se viste bien o mal con lo que gana trabajando de modo honrado y lícito, y no estando vigentes en el día la pragmática contra la seda ni ningunas otras leyes suntuarias, no sólo de seda, sino de oro y de perlas puede vestirse Juanita si tiene dinero para comprar el vestido y si se le antoja engalanarse con él.

-Si el respeto que a usted debo no anudase mí lengua-replicó do?a Inés-, me atrevería a decir que está usted loco de atar. ?Cómo defender el escándalo, la campanada que ha dado esa chica, transformada de repente en princesa, como en los cuentos de hadas? Tiene chiste el que le haya dado a usted la levita. Ya se la cobrará con usura. Las puntadas de ella y las morcillas y longanizas que sabe hacer su madre no bastan para costear levitas a los caballeros, y para seguir emperejilándose con ricos trajes y mantillas de madro?os, como dicen que en Madrid van a los toros las damas de alto copete y las majas de rumbo. El día menos pensado, no sólo para ir tan pomposas, sino para comer, faltará dinero a las Juanas, y entonces acudirán a usted y a otros a fin de retenerle, y como no podrán dar en cambio levitas, harto sabe el diablo lo que darán, sí ya no lo han dado.

-Ni han dado ni darán lo que no debe darse-exclamó don Paco, perdiendo ya los estribos-. Lo que yo te aseguro es que si Juanita quiere darme su mano, yo la aceptaré gustoso, y tú tendrás que respetarla como madre.

-?Jesús, María y José!, respetar yo a ese arrapiezo.... Se me caería la cara de vergüenza si hiciera usted semejante disparate.

-Pues sólo de Juanita depende que no lo haga. Y como no es posible, sin que nos peleemos, continuar esta conversación, me voy y te dejo. Adiós, hija.

-Se?or padre, vaya usted con Dios y El le ilumine para que no continúe usted desatinando tan lastimosamente.

Don Paco salió con precipitación y muy enojado de casa de su hija, y no quedó ella menos furiosa.

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