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   Chapter 11 No.11

Juanita La Larga By Juan Valera Characters: 8002

Updated: 2017-11-30 00:04


Do?a Inés López de Roldán distaba mucho de ser una lugare?a vulgar y adocenada. Era, por el contrario, distinguidísima; y en su tanto de méritos mirados, o sea guardando la debida proporción, pudiéramos calificarla de una princesa de Lieveo o de una madame Récamier aldeana. Su vida no pasaba ociosa, sino empleada en obras casi siempre buenas y en fructuosos afanes. Su caridad para con los pobres era muy elogiada, ayudándola en este ejercicio el se?or don Andrés Rubio. No descuidaba ella por eso el gobierno de su casa, que estaba saltando de limpia, y todo muy en orden, a pesar de los siete chiquillos que tenía, el mayor de ocho a?os; pero como la casa era muy grande, a los cinco mayores, entregados a una mujer ya anciana y de toda confianza, los tenía en el extremo opuesto de aquel en que estaba ella, a fin de que no turbasen con sus chillidos y gritería, ya sus solitarias meditaciones, ya sus lecturas, ya sus interesantes coloquios con el padre Anselmo, con el cacique o con alguna persona de fuste que viniese a visitarla.

A las nueve de la noche en verano, y a las ocho o antes en invierno, mandaba acostar a los ni?os, y desde entonces, hasta las once, y a veces hasta más tarde, tenía tertulia, en la cual se discreteaba, y a la cual rara vez asistía el se?or Roldán, que no presumía ni podía presumir de discreto, y a quien las discreciones de su mujer pasmaban y enorgullecían, pero al mismo tiempo le excitaban al sue?o.

En las horas que le dejaban libre los afanes y cuidados de la casa y aun de la administración de la hacienda, de la que suavemente había despojado a su marido por no considerarle capaz, do?a Inés solía ocuparse en lecturas que adornaban y levantaban su espíritu. Rara vez perdía su tiempo en leer novelas, condenándolas por insípidas o inmorales y libidinosas. De la poesía no era muy partidaria tampoco, y sin plagiar a Platón, porque no sabía que Platón lo hubiese preceptuado, desterraba de su casa y familia a casi todos los poetas como corruptores de las buenas costumbres y enemigos de la verdadera religión y de la paz que debe reinar en las bien concertadas repúblicas; pero en cambio, do?a Inés leía Historia de Espa?a y de otros países y, sobre todo, muchos libros de devoción. El cura la admiraba tanto al oírle hablar de teología que, mentalmente, adornaba sus espaldas con la muceta y su cabeza con el bonete y la borla.

Era tan grande la actividad de do?a Inés, que a pesar de tan varias ocupaciones, aún le quedaba tiempo para satisfacer su anhelo de enterarse a fondo de la historia contemporánea y local, que tenía para ella más atractivos que la Historia Universal o de épocas y países remotos.

Para conocer bien esta historia contemporánea y local y ejercer sobre los hechos la más severa crítica, se valía do?a Inés de diferentes medios, siendo el más importante una criada antigua, que hacía recados, que entraba y salía por todas partes y que se llamaba Crispina, émula en su favor y privanza de Serafina, la doncella.

Gracias a Crispina, do?a Inés estaba al corriente de los noviazgos que había en el pueblo, de las pendencias y de los amores, de las amistades y enemistades, de lo que se gastaba en vestir en cada casa, de lo que este debía y de lo que aquel había dado a premio, y hasta de lo que comía o gastaba en comer cada familia. A los que comían bien, do?a Inés los censuraba por su glotonería y despilfarro, y a los que comían poco y mal, los calificaba de miserables, de hambrones y de perecientes.

No tardó, por consiguiente, do?a Inés en tener noticia de las aficiones de su padre y de sus visitas o tertulias en casa de ambas Juanas. Muchísimo la molestó esta grosera bellaquería, que tan duramente la apellidaba; pero disimuló y se reportó durante muchos días, sin decir nada a su padre. Do?a Inés estaba muy adelantada en sus concebidas esperanzas de octavo vástago, y en tal delicada situación se cuidaba mucho y procuraba no alterarse por ningún motivo, para que las dichas esperanzas no se frustrar

an o se torcieran ruinmente, realizándose de un modo prematuro, con deterioro y quebranto de su salud. Pero aunque do?a Inés no dijo por lo pronto nada a don Paco, se la tenía guardada y seguía observando y averiguando por medio de Crispina, en la creencia de que era a Juana y no a Juanita a quien su padre pretendía o cortejaba.

Esta creencia mitigaba no poco el disgusto de do?a Inés, porgue no podía entrar en su cabeza que su padre intentase jamás contraer segundas nupcias con Juana la Larga. Así es que lo que censuraba en este muy ásperamente era la inmoralidad y el escándalo de unas relaciones amorosas contraídas por hombre que tenía más de medio siglo y que iba a ser pronto por octava vez abuelo. La enojaba también la condición harto plebeya del objeto de los amores de su padre, los cuales, si no dignos de aplauso, la hubieran parecido dignos de disculpa a haber sido con alguna hidalga recatada y de su posición, como había dos o tres en el lugar, que, según pensaba do?a Inés, hubieran abierto a don Paco, si él hubiera llamado a la puerta de ellas pidiendo entrada. No se cansaba, pues, do?a Inés de censurar las ruines inclinaciones de su padre. Le dolía asimismo que su padre gustase tanto en obsequiar a Juana la Larga, suponiendo, según las noticias que le trajo Crispina, que gastaba mucho más de lo que ganaba.

-?Conque juega al tute con ella?

-Sí, se?ora-contestó Crispina-. Y ya por echarla de fino, ya porque está embobado y embelesado mirando a Juana con ojos de carnero a medio morir y sin atender al juego, lo cierto es que Juana le pela, ganándole diez o doce reales cada noche. Además, los regalos de don Paco llueven sin descampar sobre aquella casa; ya envía un pavo, ya una docena de morcillas, ya fruta, ya parte del chocolate que le regala su merced, hecho por el hombre que viene expresamente desde Córdoba a hacerlo a esta casa.

Lo de que don Paco hubiese regalado también parte de su chocolate irritó ferozmente a do?a Inés; lo consideró una verdadera profanación y casi le hizo perder los estribos; pero al fin pensó en la situación en que se encontraba, ya fuera de cuenta, y logró reportarse. Su moderación y sus cuidados no fueron inútiles.

El 29 de junio, día de San Pedro Apóstol, sintió do?a Inés desde muy de ma?ana los primeros dolores, y con gran facilidad dio a luz en aquel mismo día a un hermoso ni?o. La madre y el se?or Roldán decidieron que debía llamarse Pedro, en honor del Príncipe de los apóstoles en cuyo día había nacido y del que eran muy devotos. El se?or don Andrés Rubio prometió tener al infante en sus brazos en la pila bautismal. Y como el infante fue robustísimo y el médico asegurase que no corría peligro su vida, retardaron su bautismo hasta mediados del mes de julio, así porque ya estaría levantada la se?ora do?a Inés y podría asistir a las fiestas que se hiciesen, como porque para entonces se realizaría la anunciada visita del se?or obispo, el cual, a más de confirmar a todos los muchachos que no lo estuviesen, les haría la honra de bautizar al futuro Periquito.

El obispo sería hospedado en casa de los se?ores de Roldán los tres o cuatro días que estuviese en Villalegre. Do?a Inés, por tanto, pensando en los preparativos y en todos los medios que había de emplear para hacer con lucimiento recepción tan honrosa, perseveró en refrenar su ira contra Juana la Larga, a quien imaginaba seductora de su padre. Y disimulando el odio que le había tomado, no quiso dejar de valerse de ella en ocasión de tanto empe?o. Ya la había llamado el día del alumbramiento, porque bien sabía por experiencia que no había en el mundo conocido más hábil comadre que Juana.

Y como tampoco había por allí mujer tan dispuesta para preparar y dirigir los festines, con tiempo comprometió a Juana a fin de que desde dos días antes de la llegada del obispo se viniese a su casa, sin volver a la casa propia sino para dormir, y lo preparase y dirigiese todo. Juana prometió hacerlo así y lo cumplió muy gustosa.

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