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   Chapter 5 No.5

La alegría del capitán Ribot By Armando Palacio Valdés Characters: 30372

Updated: 2017-12-06 00:02


ACOSTUMBRADO a madrugar, me levanté primero que nadie en la casa y salí a dar un paseo por la ciudad. Muchas veces había estado en ella y siempre me impresionó gratamente la animación sin ruido enfadoso de sus calles, su cielo sereno, su perfumado ambiente. ?Cuán distintas, no obstante, habían sido aquellas impresiones de la sensación que ahora experimentaba!

La hermosa ciudad levantina despertaba. El pueblo comenzaba a discurrir por las calles; abríanse los balcones y algunos rostros blancos, nacarados, ornados de magníficos ojos árabes, se asomaban por detrás de las macetas. La huerta le enviaba, como saludo matinal, un soplo cargado de los aromas de sus claveles y alelíes, de sus malvarrosas y jacintos; el mar, brisa fresca y saludable; el cielo, los efluvios de luz radiosa. Valencia despertaba y sonreía a su huerta de flores, a su mar y a su cielo incomparables. Aquella situación privilegiada me hizo pensar en la Grecia antigua; y al ver cruzar a mi lado los rostros alegres, serenos, inteligentes de sus habitantes, me apetecía repetirles las famosas palabras de Eurípides a sus compatriotas: ??Oh hijos amados de los dioses bienhechores! Vosotros recogéis en vuestra patria sagrada y jamás conquistada la gloriosa sabiduría como fruto de vuestro suelo, y marcháis perpetuamente con dulce satisfacción en el éter radioso de vuestro cielo.?

Dudo, sin embargo, que ningún griego o valenciano haya estado jamás tan contento como yo lo estaba ahora. Pero como todo instante alegre en la vida tiene aparejado y listo para entrar en fila otro triste, al llegar a casa experimenté el disgusto de no ver a Cristina. Martí y yo nos desayunamos solos en el comedor y supe de él que su esposa ya lo había hecho y se hallaba en su cuarto. ?Qué hombre tan alegre y cari?oso aquel Martí! Lo mismo que si fuésemos amigos de toda la vida comenzó a hablarme de su familia, amigos, trabajos y proyectos. Estos eran innumerables: tranvías, reforma del puerto, ferrocarriles, ensanche de calles, etc. No pude menos de pensar que para llevarlos a cabo se necesitaba, no sólo enorme capital, sino una actividad sobrehumana. Martí parecía poseerla. A la sazón, además del tráfico de los vapores, que casi marchaba por sí mismo y le robaba poco tiempo, tenía en explotación unas minas de calamina en Vizcaya, en construcción algunas carreteras en diversas provincias y la apertura de pozos artesianos en Murcia. En esto último había consumido ya un caudal sin obtener grandes resultados; pero estaba seguro de lograrlos. "En cuanto tenga agua,-me dijo riendo-pienso venderla por copas como el Jerez." Se expresaba de un modo rápido, incoherente algunas veces, pero siempre insinuante, porque ponía toda su alma en cada palabra.

Contrastaba su expresión confusa y vehemente con la de su amigo y socio Castell, tan firme, tan clara, tan acicalada. Hablamos de él, y Martí se deshizo en elogios de su persona. No había, al parecer, en el mundo hombre más instruído, ni ingenioso, ni recto. Todo lo sabía; las ciencias no tenían secretos para él; el planeta no guardaba rincón que él no hubiera explorado. Era peritísimo además en materia de artes plásticas y poseía una colección de cuadros antiguos, adquiridos en sus viajes, famosa en Espa?a y en el extranjero.

-Pero... Castell es un teórico, ?sabe usted?-concluyó por decirme gui?ando un ojo-. Somos dos naturalezas opuestas y acaso por esto somos tan amigos desde la infancia. A él le ha dado siempre por estudiar el fondo y la razón de las cosas, por la filosofía, por la estética. Yo no entiendo nada de eso. Tengo un temperamento esencialmente práctico... Y si usted no lo achacase a jactancia, me atrevería a decir que en Espa?a hacen más falta los hombres útiles que los filósofos. ?No le parece que hay plétora de teólogos, oradores y poetas? Si queremos colocarnos a la altura de los demás países de Europa es necesario pensar en abrir vías de comunicación, construir puertos, montar industrias, explotar minas. En mi esfera modesta he hecho cuanto he podido por el progreso de nuestro país, y si no hago más-a?adió riendo-, crea usted que no es por falta de voluntad, sino por la ausencia de metales preciosos.

-?Y Castell es socio de usted en esas empresas?-le pregunté.

-No; no estamos asociados más que en la línea de vapores... Es un hombre a quien marean los números. Es rico y quiere disfrutar tranquilamente de su fortuna. Pero aunque no se mete en negocios, cuando hace falta dinero lo facilita sin vacilar, porque tiene plena confianza en mí.

-Parece que esa inclinación a los negocios es de familia. Su tía Clara también participa del mismo temperamento-le dije para satisfacer la curiosidad que me aguijoneaba desde la noche anterior.

-Mi tía Clara es una mujer notabilísima... un gran talento... Pero creo, sin que esto sea hablar mal de ella, que el alma de la casa, quien los ha hecho ricos, es su marido... ?Oh, el tío Diego se pierde de vista! No hay comerciante más hábil ni con más trastienda en toda la costa de Levante. Lo que a él se le pierda crea usted que no me bajaría a cogerlo.

-Pues, según me ha dado a entender él mismo, parece que es su se?ora quien le ilumina en los casos difíciles, quien realmente lleva el timón de los negocios.

-Sí, sí-respondió Martí sonriendo, un poco cortado-. No dudo que mi tía Clara le dé algún buen consejo; pero no los necesita... En Valencia le tienen por socarrón... Es posible que haya algo de verdad. Ya conoce usted a los gallegos...

Tosió para disimular su embarazo y procuró cambiar de conversación. Ya había podido advertir que le repugnaba verse obligado a murmurar. Sólo se hallaba en terreno firme cuando elogiaba, y lo hacía con tal fuego, que parecía gustar un placer singular en ello. Rara y preciosa cualidad que lo hacía cada vez más estimable a mis ojos.

Terminado el desayuno, pretextando mis ocupaciones, le dejé ir a las suyas y salí de nuevo a la calle. No tardé en tropezar con Sabas en una de las más concurridas. Me pareció más tostado aún y más negro que por la noche. Me saludó con gravedad y cortesía y, después de dar algunas vueltas juntos, me instó a acompa?arle a su casa, pues necesitaba mudarse de ropa. Me sorprendió esta necesidad, pues no le veía mojado ni sucio. Más adelante pude averiguar que tenía por costumbre cambiar de traje tres o cuatro veces cada día, siguiendo la pragmática de la elegancia cortesana.

Mientras caminábamos hacia su casa, que no estaba lejos de la de su cu?ado, me enteró de que poseía una colección de bastones y otra de pipas, cosa muy notable. Al parecer, era una de las curiosidades más dignas de visitarse en la ciudad, y con amabilidad, que agradecí mucho, se brindó a mostrármerlas. Habitaba una casa peque?a y agradable. Salió a abrirnos su se?ora, a quien dijo, lacónicamente:

-Vengo a mudarme.

Llegamos a su cuarto, e inmediatamente procedió a abrir los armarios donde guardaba los bastones. Eran muchos, en efecto, y muy variados, y los exhibía con un placer y un orgullo que me llenó aún más de asombro que su número y variedad.

-Vea usted este palasan; tiene cuarenta y dos nudos. Ha tenido cuarenta y tres; pero fué necesario quitarle uno, porque era demasiado largo... Mire usted este otro... palo de violeta; huele frotándolo. Huela usted... Este es de carey... Esta es una ca?a blanca legítima. Me la trajo el capitán de uno de los vapores de mi cu?ado...

Se entreabrió la puerta del gabinete y apareció una cabecita rubia.

-Papá, mamá no nos deja venir a darte un beso.

-Hace bien; ahora estamos ocupados-respondió con solemnidad el padre, despidiendo al ni?o con un gesto.

Pero yo había acudido a la puerta y besé con placer aquella cabecita rubia. Era un ni?o precioso de seis o siete a?os. Detrás de él venía otro más peque?o, rubio también, y cerrando la marcha una ni?a como de tres a cuatro a?os, morena, con grandes ojos y cabellos negros rizados. No había visto nunca criaturas más hermosas. A todos los acaricié con efusión, y muy especialmente a la ni?a, cuyos ojos aterciopelados eran una maravilla. Pero ellos se mostraban tímidos y, sin atender a mis preguntas, miraban a su padre con recelo. El rostro de éste expresaba severidad y disgusto. Parecía ofendido de que yo hallase más notable la colección de sus ni?os que la de los bastones. Los besó por compromiso, y cuando su esposa vino corriendo a buscarlos, le dijo ásperamente:

-?Por qué les has dejado entrar estando ocupado?

-Se escaparon mientras fuí a sacarte una camisa-respondió ella humildemente.

Y empujando a los chicos los echó fuera de la habitación. Después se sentó esperando que su marido terminase de exhibirme los bastones.

Concluyó al fin, y yo, sabiendo que le lisonjeaba, hice mil ponderaciones de su colección, lo que agradeció profundamente. Pidióme después licencia para vestirse delante de mí. Su esposa comenzó a maniobrar como el más consumado y también el más abatido ayuda de cámara. Le puso la camisa; le puso la corbata, se arrojó al suelo para abrocharle los botones de las botas. El feliz marido se dejaba vestir y acicalar con grave continente, mientras charlaba conmigo de los bastones y las pipas, cuyas colecciones eran, al parecer, el fin y el orgullo de su existencia. De vez en cuando dirigía alguna breve represión a su humillada esposa:

-No aprietes tanto... Menos barniz y más cepillo a las botas... Di a la muchacha que tenga cuidado de no embadurnar los botines... No quiero esta corbata, tráeme una de plastrón.

Pero al encontrarse con que le faltaba un botón en el chaleco quedó mudo de estupor.

Clavó en su esposa una mirada tan severa que la hizo enrojecer.

-No sé cómo se me pasó-balbució ella-. Lo eché de menos al limpiar la ropa... Lo dejé apartado para pegarlo...; pero me llamaron en la cocina... y cuando vine, al cabo de una hora, se me olvidó.

-Nada, nada, no he dicho nada. ?Qué importa un botón más o menos?-profirió él con sonrisa sarcástica.

-Ya comprenderás que una distracción la tiene cualquiera.

-?Si no he dicho nada, mujer! ?Quién te hace cargo alguno? Un botón... Un botón... ?Qué significa un botón comparado con un ratito de charla agradable con la planchadora?

-?Pero, hombre, por Dios; no seas así!-profirió ella con angustia.

-?Te he dicho algo?-gritó él entonces con furia.

Matilde calló y se puso a pegar el botón.

-?Cómo he de ser, di?-siguió él con igual furor.

La esposa no levantó la cabeza.

Sabas, entonces, dejó escapar varios resoplidos, entreverados de palabras incoherentes y acompa?ados de un aspero crujir de dientes que la sonrisa sarcástica que contraía sus labios hacía aún más lúgubre y temeroso.

Mas con esfuerzo heroico consiguió pronto serenar su espíritu. Encerró los vientos, aplacó las olas y me dijo, amablemente:

-Es necesario, Ribot, que usted coma paella hoy. Ya se lo he dicho a Cristina. Tiene una cocinera mi hermana que guisa como un ángel.

Callé un momento, admirado y aun sobrecogido por tal grandeza de alma, y, al fin, respondí que tendría placer en dar testimonio de su habilidad.

Matilde concluyó de pegar el botón. Al levantar la cabeza pude observar en sus ojos algunas lágrimas.

Sabas dió la se?al de marcha; pero antes envió a su se?ora en busca de los guantes, del bastón, del pa?uelo; se hizo impregnar de esencia con un perfumador y dar la última cepilladura a las botas y algunos toques de peine a los bigotes. Matilde giraba en torno suyo como una mariposa, arreglándole la ropa y la corbata y el sombrero con sus manos blancas y regordetas. Se le había pasado el disgusto. Parecía alegrísima y miraba y remiraba por todos lados a su marido con orgullo. Y cuando él, para despedirse, le tomó la barba entre los dedos con ademán indiferente y protector, sus ojos brillaron con tal radiosa expresión de triunfo que parecía transportada al cielo.

En el pasillo nos salieron al encuentro los tres ni?os, que quisieron lanzarse a su padre para besarle; pero éste les detuvo con gesto amenazador:

-?No! Ahora no puede ser... Me vais a llenar de baba.

Yo, que no tenía miedo alguno a ser manchado, los besé con placer, queriendo indemnizarles de aquel disgusto. ?Vano empe?o! Se dejaban acariciar por mí indiferentes, siguiendo con los ojos a su elegante y despegadísimo papá.

Matilde nos despidió desde lo alto de la escalera, sin tener tampoco ojos más que para su marido. Advirtiendo que el cuello de la camisa no se le veía bien a causa de la levita, bajó precipitadamente a levantárselo, y aprovechó la ocasión para darle algunos otros toquecitos con los dedos al bigote.

Eran las once de la ma?ana. Las calles rebosaban de gente. El sol brillaba en el cielo con todo su esplendor. Respirábase un ambiente perfumado, acusando que nos hallábamos en la ciudad de las flores. A cada paso tropezábamos con domésticas, llevando entre las manos grandes ramos y canastillas de ellas que sus amos enviaban de regalo a los amigos. En Valencia, las flores constituyen un obsequio tan general y sencillo que el envío de ellas equivale a un saludo. Al contemplar aquella profusión de rojos claveles, de rosas, de azucenas, que alegraban los ojos y embalsamaban el aire, no pude menos de decirme: ??Dichosa ciudad donde tan precioso regalo significa tan poco que puede hacerse todos los días!?

De buena gana me hubiera paseado por las calles hasta la hora de comer; pero Sabas se creyó en el deber de invitarme a tomar un aperitivo y entramos en un café de la plaza de la Reina.

Mientras paladeábamos una copa de vermouth, Sabas se mostró locuaz y expansivo, pero sin deponer su natural gravedad. Hablóme de su familia y amigos. Observé pronto que poseía un temperamento analítico de primer orden, vista penetrante y seguro instinto para ver el lado flaco de las personas y las cosas.

Su hermana era una mujer discreta, cari?osa, de intención recta y noble...; pero tenía un carácter demasiado adusto, se complacía en llevar la contraria, faltando algunas veces a la cortesía, carecía de flexibilidad, de cierta dulzura absolutamente necesaria a la mujer; en fin, aunque bondadosa en el fondo, no se hacía amar. Bien hubiera querido protestar contra tal absurda afirmación. Precisamente su carácter tímido y resuelto, al mismo tiempo y su esquividez un poco salvaje, eran las cualidades que más me habían enamorado. Me abstuve, no obstante, de hacerlo por razones de prudencia.

Su cu?ado era un infeliz, hombre trabajador, generoso, inteligente en los negocios... pero absolutamente incapaz para el conocimiento de las personas. Todo el mundo le enga?aba y le explotaba. Luego, de un temperamento tan versátil que apenas emprendía cualquier negocio con gran fuego ya estaba cansado de él y pensando en otro. Esta circunstancia le había hecho perder mucho dinero. Las empresas en que se había metido no podían contarse: algunas de ellas serían muy beneficiosas si hubiera persistido; mas apenas tropezaba con las primeras dificultades, se abatía y las abandonaba. Sólo había mostrado constancia cuando cabalmente no la necesitaba: en los pozos artesianos. ?Cuánto dinero llevaba ya enterrado aquel hombre en este funesto negocio! El único que realmente le había sali

do bien era el de los vapores, y ése no lo había emprendido él, lo había heredado de su padre.

Su amigo Castell poseía muchos conocimientos, se expresaba admirablemente y era inmensamente rico... pero no tenía pizca de corazón. Jamás había profesado cari?o a nadie. Emilio se equivocaba de medio a medio pensando que le pagaba la adoración apasionada, fervorosa que por él sentía. "Pero no hay que tocarle este punto porque re?iría usted con él, como yo he re?ido varias veces. En cuanto salga en la conversación el nombre de Castell, es necesario abrir la boca, poner los ojos en blanco y caer en éxtasis, como si apareciese una divinidad del Olimpo. Castell conoce esta debilidad de mi cu?ado, se da tono con ella y la aprovecha. Por lo demás, el día que necesite de él ya verá qué caso le hace".

-Pues Martí me ha dicho que le facilitaba dinero para sus negocios cuando lo necesitaba-apunté yo.

-Sí, sí-contestó riendo sarcásticamente-, no dudo que le facilitará dinero; pero todos sabemos en Valencia cómo pararán estas liberalidades.

No quise hacer más preguntas. Eran interioridades de familia que no se debían sonsacar. Sabas prosiguió:

-Además es un hombre vicioso, inmoral. Está enredado hace a?os con una mujer y tiene de ella ya varios chicos; pero esto no es obstáculo para que traiga alguna querida siempre que hace un viaje al extranjero. Se le han conocido ya tres, una de ellas griega, ?hermosa mujer! Las tiene una temporada y luego las despide como a un lacayo que no le sirve. Esto, como usted comprende, en una capital de provincia constituye un escándalo... pero como se llama D. Enrique Castell y tiene ocho o diez millones de pesetas, nadie se da por ofendido: los curas y los canónigos y hasta el obispo le quitan el sombrero de una legua.

-También me han dicho que son ricos sus tíos los se?ores de Retamoso.

-?Oh, no! Esa es una fortuna mucho más modesta que se cuenta por miles de duros, no por millones... Pero todo ha sido ganado a pulso, ?sabe usted? peseta a peseta detrás de un mostrador primero y luego de un escritorio.

-Su tía Clara, al parecer, es una se?ora de mucho entendimiento para los negocios.

Sabas soltó una carcajada.

-?Mi tía Clara es una imbécil! No ha servido en toda su vida más que para hablar en inglés con las institutrices y pasear su nariz borbónica por la Glorieta y la Alameda. Pero mi tío Diego es el gallego más fino que ha nacido en este siglo. Se ríe de su mujer y es capaz de reirse de su sombra. No le considero capaz para las grandes empresas, no tiene, como ahora se dice, el genio de los negocios; pero yo le aseguro que para los que trae entre manos, que son generalmente de poca monta, no se ha conocido ni pienso se conocerá en mucho tiempo hombre más avispado.

Prosiguió de esta suerte mi elegante amigo haciendo el estudio de su familia con crítica implacable, pero sensata, graciosa también a veces. Pasó después a hablar de su ciudad natal, y hallé igualmente finas y atinadas sus observaciones acerca del carácter de los valencianos, de sus costumbres, de la política y la administración que regían en la provincia. Confieso que me había equivocado. Lo tomé a primera vista por un currutaco, un joven evaporado y frívolo. Resultaba ser hombre de buen entendimiento, observador e ingenioso, aunque un poco exagerado en el análisis y bastante severo.

Salimos del café, y antes de acercarnos a casa dimos otra vuelta por las calles. Natural como soy de la costa de Levante, hijo de marino y marino también, el aspecto de la gran ciudad mediterránea ejercía sobre mí una seducción particular. Las calles estrechas, tortuosas, pero aseadas, donde se encuentran comercios de gran lujo, el número crecido de vetustas casas de piedra de artística fachada pertenecientes a las nobles familias que la hicieron famosa y respetada en todo el mundo; sus Torres de Serranos, entre cuyas almenas se cree aún percibir la silueta del caballero; sus puentes de sillería; la Lonja, cuyo salón, de excepcional grandeza y hermosura, cobijó a los negociantes más opulentos de Espa?a; el bullicioso mercado al aire libre próximo a ella, todo manifiesta, a par que sus tradiciones mercantiles, la antigua y opulenta capital; todo me hablaba de la grandeza de mi raza.

Pedí a mi compa?ero que me guiase al mercado de flores. No tardamos en penetrar en un cobertizo de hierro donde a un lado y a otro, dejando paso por el medio, se veía una muchedumbre de mujeres de rostro pálido y ojos negros exhibiendo su mercancía: claveles, azucenas, rosas, lirios, malvarrosas y jazmines. La animación era grande en aquel peque?o recinto. Las damas con su rosario y libro de misa en las manos, plantadas delante de las vendedoras, examinaban con ojo inteligente el género, regateando infinitamente antes de decidirse a comprar. Los caballeros encargaban ramos y canastillas, dando instrucciones prolijas para su construcción. Hasta las humildes criadas y menestralas se acercaban con paso precipitado a los puestos, tomaban un pu?ado de flores, colocaban algunas en la cabeza, y dejando una ínfima moneda de cobre, se marchaban alegremente con las otras en la mano a proseguir sus rudas tareas. ?Con qué entusiasmo las iban contemplando aquellas filletas! ?Con qué placer aspiraban su fragancia!

Al pasar por delante de los puestos observé que la mayor parte de las vendedoras saludaban a mi amigo por su nombre, le dirigían sonrisas amables y le preguntaban si no tenía algún encargo que hacerles.

-Es usted popular en el mercado-le dije, riendo.

-Soy un buen parroquiano nada más-me respondió con modestia.

Y poniéndome después la mano sobre el hombro, me empujó hacia una de las puertas, donde, algo retirados y medio ocultos entre el follaje, nos situamos.

-Este es punto estratégico-me dijo-; verá usted cuántos talles salados desfilan en cinco minutos por aquí.

En efecto, las damas que entraban por la otra puerta, después de hacer sus compras o encargos, salían por ésta; cruzaban a nuestro lado, rozándonos con su vestido. Para todas tenía un requiebro, una palabrilla amable mi compa?ero. Bastantes de ellas le conocían y le saludaban; algunas se quedaban un instante paradas, respondiendo con gracioso tiroteo a sus frases galantes. Me sorprendía la desenvoltura con que aquel hombre, siendo casado y sabiéndolo todo el mundo, requebraba a las mujeres, y aún más, que éstas aceptasen sus galanterías sin reserva.

Muchos rostros hermosos he visto en los diversos países donde mi vida errante me ha llevado; pero nunca en tal profusión, tan finos, tan delicados, de una trasparencia de ópalo, de una pureza tan exquisita como ahora. Luego, ?qué ojos! El alma volaba tras de su negrura y misterio ansiando anegarse en un sue?o feliz. Ojos dulces, voluptuosos, impenetrables que parecen guardar al mismo tiempo el amor y la muerte.

Por entre las cabezas de la muchedumbre llegó hasta mí el relámpago de una mirada. ?Era ella, sí, era ella! Aunque quedase oculta entre la gente, yo sabía que era ella y que se acercaba. Mi corazón comenzó a latir con violencia. A los pocos instantes apareció. Vestía traje de seda negro con mantilla: en una mano traía el libro de misa y el rosario anudado a la mu?eca en forma de brazalete; en la otra, un pu?ado de claveles. Venía con su prima Isabelita y acompa?adas ambas de Castell. No puedo explicar la impresión que me causó este hombre en aquel momento. El corazón se me apretó como a la vista de un peligro y la vaga antipatía que por la noche me había inspirado se transformó súbito en odio. La violencia con que nació en mí este sentimiento me sorprendió; pero no quise confesarme la causa. Traté de refrenarlo y me esforcé cuanto pude por aparecer amable y despreocupado.

Se detuvieron sorprendidos delante de nosotros. Castell e Isabelita nos felicitaron por el buen sitio que habíamos elegido.

-?Qué no sabrá este pícaro tratándose de galanteo!-manifestó la hija de Retamoso dándole un golpecito en el hombro con su libro.

Y luego que hubo soltado la frase se ruborizó como una amapola.

-Vaya, prima-respondió Sabas-, ya sabes que por lo menos a tí no te he galanteado nunca. Pero estamos a tiempo. Te estás poniendo tan linda de algún tiempo a esta parte que voy a olvidar los lazos de familia.

Isabelita se ruborizó aún más, cosa que parecía imposible. Sabas insistió en sus requiebros. Castell vino en su ayuda. Mientras tanto, Cristina se hacía la distraída mirando a un lado y a otro: yo adivinaba que era por no tropezar con mis ojos. Sabas se fijó en ella y le dijo:

-Hermanita, ?a que no eres capaz de ponerme uno de esos claveles en el ojal?

-?Por qué no?-repuso ella.

Y entregando el libro a su prima, escogió el más hermoso y grande y se lo colocó donde pedía.

Por impulso irreflexivo y con una osadía que había perdido ya con aquella mujer dije entonces:

-?Y para los demás no hay nada?

-?Quiere usted?-me preguntó alargándome uno sin mirarme.

-No; quiero el honor de que usted me lo coloque en el ojal-repuse con firmeza.

Quedó un instante suspensa; hizo después algunos movimientos que revelaban su indecisión; por último, tomó al azar otro clavel y precipitadamente me lo puso también. Creí advertir (ignoro si fué ilusión) que sus manos temblaban al hacerlo. ?Oh Dios, con qué placer las hubiera besado!

-?Y yo no entro en turno?-dijo entonces Castell inclinándose con amable sonrisa.

-?Ea, basta ya de clavelitos!-replicó ella con mal humor saliendo por la puerta.

-He llegado tarde-murmuró el banquero algo confuso.

-?Quiere usted uno mío?-le preguntó tímidamente Isabelita.

-?Oh, con placer infinito!

Y se inclinó rendido, sonriente, gozoso al parecer, mientras la ni?a le prendía el clavel en la levita. No obstante, comprendí que estaba despechado.

Seguimos todos a Cristina, y su prima se emparejó con ella, marchando detrás Sabas, Castell y yo. Pero no habíamos andado muchos pasos cuando aquél detuvo a una linda menestrala y se quedó diciéndole chicoleos. Castell y yo le aguardamos un momento; pero viendo que no tenía trazas de concluir, le dejamos para seguir a las damas.

-Este cu?ado de Martín-dije a mi compa?ero-me parece un muchacho de entendimiento despejado.

-Es un crítico-respondió Castell lacónicamente.

-?Cómo un crítico?-pregunté yo sorprendido.

-Sí; está dotado admirablemente para ver el lado débil y el fuerte de las cosas, para pesar y medir, para comparar, para penetrar en los laberintos de la conciencia... Pero estas facultades se devuelven siempre de dentro afuera; jamás se le ocurrió aplicarlas a su propio ser. Así que derrochando análisis, censuras, consejos muy justos y atinados resulta un hombre perfectamente insensato. Ha emprendido cinco o seis carreras y no ha terminado ninguna; ha derrochado su patrimonio en el juego y en francachelas; martiriza a su mujer, abandona a sus hijos y hoy tiene que vivir a expensas de su cu?ado.

-?Buen panegírico!-exclamé riendo.

-El mismo que usted oirá a todas las personas razonables de la población. Esto no obsta para que sea un hombre simpático, popular y generalmente querido: y es porque sus defectos no son lo que pudiéramos llamar vicios públicos, sino privados.

Nos emparejamos al fin con las damas y llegamos a casa de Martí muy cerca de la hora de comer. Los se?ores habían convidado, en honor mío, a los tertulios de la noche anterior, pertenecientes, exceptuando Castell, a la familia. Emilio me hizo sentar a la derecha de su esposa. El roce de su vestido, el perfume que se escapaba de su persona y aún más el misterioso flúido que me comunicaba su proximidad me tuvieron embriagado, inquieto. Hasta el punto que, queriendo mostrarme atento y galante con ella, apenas hacía ni decía cosa ordenada: mojaba el mantel al echarle agua, le preguntaba tres veces seguidas si le gustaban las aceitunas y dejaba caer el tenedor al ofrecerle una. Pero era feliz, no puedo ocultarlo. Ella se mostraba cortés y un poco más expansiva, me daba las gracias por mis atenciones y disimulaba con gracia mis yerros. Mas he aquí que cuando más alegre estaba veo que Castell fija la mirada en el clavel de mi ojal y me pregunta con la sonrisa fría e irónica que le caracterizaba:

-Capitán, ?quiere usted mil pesetas por ese clavel que lleva usted?

-?Mil pesetas!-exclamó Martí levantando la cabeza sorprendido.

Yo me turbé de un modo indecible, como si me hubieran sorprendido cometiendo un crimen. No supe más que sonreir estúpidamente y exclamé:

-?Vaya unas bromas que usted tiene!

Pero Cristina había erguido con altivez su hermosa cabeza y dijo:

-Ribot es un caballero y no vende las flores que le regala una se?ora.

-?Ah, se lo has regalado tú!-Y volviéndose a Castell:-Pero, Enrique, ?quieres que Ribot te venda ese clavel cuando si me lo hubiese regalado a mí, aunque soy su marido, no te lo daría por toda tu fortuna?

Y al mismo tiempo clavó en su esposa una intensa mirada de cari?o. La inocencia y nobleza de aquel hombre me conmovieron. A Cristina debió de llegarle al alma. Bajando de nuevo la cabeza, murmuró con acento concentrado:

-?Por eso tú eres tú!

Estas sencillas palabras eran un poema de ternura.

-De sobra sé-manifestó Castell con la misma indiferencia-que hay cosas en el mundo que no pueden ni deben comprarse con dinero. Desgraciadamente los hombres no tenemos para ellas término de comparación y nos vemos precisados a acudir a un objeto material y hasta grosero para hallarlo, aunque sea remoto.

-Pues yo no lo encuentro tan remoto-dijo Sabas-. Me parece que el dinero sirve bastante bien para casi todos los casos que se presenten. Aquí tiene usted otro clavel mejor que ése: me lo ha regalado una se?ora. Pues bien, Castell, se lo doy a usted por dos pesetas.

Los convidados rieron. Cristina aparentó enfadarse.

-?Eres un grosero, un ga?án!... Matilde, hazme el favor de arrancarle el clavel a ese puerco, que desde aquí no puedo.

Sabas se lo tapó con las manos.

-Espera un poco, hija, espera un poco. Si Castell no da las dos pesetas, entonces te lo entrego. Mientras no lo sepa, no.

-Aquí están-dijo Castell sacándolas del bolsillo y poniéndolas sobre la mesa.

-Ahí va-repuso Sabas quitándose el clavel y entregándoselo.

Esta broma produjo algazara en la mesa. Sin embargo, observé que a Cristina le hizo mal efecto. Insultó a su hermano con verdadera rabia y juró que en su vida le daría otra flor.

Mientras tanto yo tuve tiempo para reponerme de la extra?a turbación que las palabras de Castell me habían causado. Concluímos de comer alegremente; pero Cristina no volvió a mostrarse risue?a ni expansiva como antes.

Dos horas después tomé el tren para Barcelona, donde mi presencia se hacía indispensable. Fueron a despedirme a la estación Martí y Sabas. Aquél me hizo prometer una visita más larga.

-Después del viaje pendiente-le respondí-tengo pensado solicitar de la Compa?ía permiso para quedarme en casa el tiempo invertido en otro; mes y medio próximamente. Entonces vendré desde Alicante a pasar ocho o quince días con ustedes.

-Veremos si es usted hombre de palabra-replicó apretándome la mano cari?osamente al tiempo de ponerse el tren en marcha.

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