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   Chapter 2 No.2

La alegría del capitán Ribot By Armando Palacio Valdés Characters: 15616

Updated: 2017-12-06 00:02


LUEGO que me vestí, y después de cumplir con los ordinarios quehaceres de mi cargo y vigilar el trabajo de los carpinteros que reparaban nuestras averías, me acordé de la se?ora que había estado a punto de ahogarse aquella noche. Valga la verdad; de quien me acordé fué de su hija. Aquellos ojos eran de los que no pueden ni deben olvidarse. Y con la vaga esperanza de tornar a verlos salté a tierra y encaminé mis pasos a la botica.

El farmacéutico me informó de que alojaban en la fonda de la Iberia. Fuí a preguntar por su salud.

-?Es necesario que les pase recado?-me preguntó la camarera.

Bien lo hubiera deseado, pero no me atreví. Le manifesté que no había necesidad, si podía informarme de cómo habían pasado la noche, a lo cual me respondió que D.a Amparo (la vieja) había descansado regularmente, y que el médico, que acababa de salir, no la había encontrado tan mal como pensaba. D.a Cristina (la joven) estaba perfectamente. Dejé mi tarjeta y bajé las escaleras un poco mustio. Pero cuando iba ya a pisar la calle la camarera me llamó y, haciéndome subir de nuevo, me hizo presente que las se?oras deseaban verme.

Do?a Cristina salió al pasillo a mi encuentro. Vestía un elegante traje de ma?ana, color violeta, y sus negros cabellos estaban a medias aprisionados por un gorro blanco de batista, con cintas violeta también. Brillaron sus ojos con alegría y me tendió su mano de un modo cordial.

-Buenos días, capitán. ?Por qué evita usted que le demos las gracias? Justamente acababa de escribirle una carta en que le expresaba si no toda la gratitud que le debemos, al menos una parte. Ayer estaba tan aturdida que no acerté a hacerlo. Pero más vale que usted haya venido... y eso que la cartita no estaba del todo mal-a?adió sonriendo-. Aunque ustedes no lo piensen, las mujeres solemos ser más elocuentes por escrito que de palabra.

Me hizo pasar a una salita donde había una alcoba cuyas puertas vidrieras estaban cerradas.

-Mamá-dijo en voz alta-, aquí tienes a tu salvador, el capitán del Urano.

Oí un murmullo lamentable, algo como sollozos y suspiros reprimidos, y entre ellos algunas palabras que no pude comprender. Interrogué con la vista a su hija.

-Dice que siente mucho haberle expuesto a perder la vida.

Respondí en voz alta que no había corrido peligro alguno; pero aunque así fuera, no había hecho más que cumplir con mi deber.

De nuevo salieron de la alcoba algunos ruidos confusos.

-Me manda que le dé a usted una cucharada de azahar.

-?Cómo!... ?Para qué?-exclamé sorprendido.

-Es que supone que aún estará usted asustado-manifestó riendo D.a Cristina-. Mamá lo usa mucho y nos lo hace usar a todos. Diga usted que lo va a tomar y quedará extraordinariamente satisfecha.

Sin salir de mi sorpresa hice lo que do?a Cristina me ordenó y pude oir inmediatamente un murmullo aprobador.

Acabo de dársela, mamá-dijo aquélla, haciéndome un gui?o malicioso-. Puedes estar tranquila.

-Muchas gracias, se?ora. Creo que me probará bien, porque me sentía un poco nervioso-grité yo.

Do?a Cristina me apretó la mano pugnando por no reir y me dijo en voz baja:

-?Bravo! Me parece que va usted a salir maestro consumado.

Vuelta a los ruidos extra?os, ininteligibles.

-Pregunta si ha telegrafiado usted a su se?ora, y le aconseja que no lo haga para evitarle un disgusto.

-No tengo se?ora. Estoy soltero.

-Entonces a su mamá-tuvo la bondad de interpretar D.a Cristina.

-Tampoco la tengo, ni padre, ni hermanos. Estoy solo en el mundo.

Do?a Amparo, por lo que pude entender, se mostró sorprendida y disgustada de esta soledad y me invitaba para que, sin pérdida de tiempo, tomase estado. También debió a?adir que un hombre como yo estaba destinado a hacer feliz a cualquier mujer. Ignoro qué cualidades de marido pudo observar en mí aquella se?ora, como no fuese las de saltar y deslizarme bien por los cables. De todos modos, respondí que no deseaba otra cosa; pero que no se me había presentado ocasión hasta entonces. Mi vida de marino, hoy en un sitio, ma?ana en otro; la timidez de que adolecemos los que no frecuentamos la sociedad, y acaso también el no haber hallado aún una mujer que de veras me interesase, habían impedido realizarlo.

Al tiempo de decir esto fijaba mis ojos en los de D.a Cristina, que me sonreían.

Un pensamiento dulce y solapado se deslizó entonces en mi cerebro.

-Dejemos ese tema, mamá. Cada cual hace lo que más le conviene; y si el capitán no se ha casado debe de ser, por cierto, que no le ha apetecido.

-En efecto-dije yo riendo y mirandola con fijeza petulante-; no me ha apetecido hasta ahora...; pero no respondo de que me apetezca el día menos pensado.

-Entonces celebraremos que sea para bien, que tenga usted una esposa muy guapa y media docena de ni?os gordos y vivarachos y traviesos.

-?Amén!-exclamé.

La franqueza y la gracia de aquella joven me sedujeron instantáneamente. Me sentía tan complacido y libre a su lado como si hiciera algunos a?os que la tratase. Me invitó a sentarme en el sofá, y lo hizo también para dejar que su madre descansase, pues no le convenía hablar, según la opinión del médico.

Pedíle informes más exactos acerca de su salud y me dijo que había sufrido una rozadura y contusión en la espalda, a las cuales el médico no dió importancia. También se había logrado evitar los efectos nocivos del enfriamiento. Lo único verdaderamente temible era el susto. Su mamá era muy nerviosa; padecía del corazón, y nadie podía prever el resultado de aquella terrible emoción. Hice lo posible por desvanecer sus temores, y, empe?ada la conversación, le pregunté si eran asturianas, a sabiendas de que no, tanto por los informes del boticario como porque no lo revelaba su acento.

-No, se?or; somos valencianas.

-?Cómo? ?Valencianas!-exclamé-. ?Pues si somos casi paisanos! Yo he nacido en Alicante.

Y acto continuo nos pusimos a hablar en valenciano, con placer indecible por mi parte, y juzgo que también por la suya. Me enteró de que sólo hacía nueve días que se hallaban en Gijón, adonde habían venido para visitar a una monja hermana de su mamá. Hacía bastantes a?os que formaran ese proyecto, y nunca lo habían realizado por lo largo y molesto del viaje. Al fin lo habían decidido, y no en buen hora, pues faltó poco para dejar allí la vida. El país les había gustado, aunque les parecía bastante triste al lado del suyo.

-?Oh, Valencia!-exclamé entonces con fuego-. Yo, que visité las más apartadas regiones de la tierra y puse el pie en tantas playas diversas, nada hallé jamás comparable a ella. Allí el sol no se levanta sangriento como en el Norte, ni hiere y aniquila como en Andalucía: su luz se cierne suave por un ambiente embalsamado y tranquilo. El mar no aterra como aquí, y es más azul, y su espuma más blanca y más ligera. Allí los pájaros cantan con gorjeos más dulces y variados; allí la brisa acaricia por la noche como por el día; allí las frutas azucaradas, que en otras partes sólo se sazonan con el calor del verano, las gustamos todo el a?o; allí no sólo huelen las flores y las yerbas, sino la tierra misma exhala un aroma delicado. Allí la vida no es tristeza ni fatiga. Todo es suave, todo sereno y armónico. Y esta tranquilidad de la Naturaleza parece reflejarse en la mirada profunda de sus mujeres.

La de D.a Cristina, que era la más suave y profunda que jamás había visto, brilló con cierta alegría maliciosa.

-?Quién diría al oirle que es usted un lobo marino! Habla usted como un poeta... y casi, casi estoy tentada a pensar que ha publicado usted versos en los periódicos.

-?Oh, no!-exclamé riendo-. Soy un poeta inofensivo. Ni escribo versos ni prosa; pero dispénseme usted que le diga que los ojos de usted me han traído a la memoria una porción de cosas hermosas, todas valencia

nas... y se me subió la poesía a la cabeza.

Do?a Cristina pareció quedar un momento suspensa; me miró con más curiosidad que agradecimiento, y cambiando de conversación me preguntó, con amabilidad:

-?Y el vapor que usted manda hace la carrera de América?

-Sólo una que otra vez. Ordinariamente vamos desde Barcelona a Hamburgo.

-?De modo que está usted aquí de escala por muchos días?

-Los que necesite para arreglar ciertas averías que un peque?o incendio nos ha causado anteayer.

A mi vez quise enterarme del tiempo que ellas pensaban permanecer en Gijón.

-Pues teníamos pensado irnos pasado ma?ana y detenernos algunos días en Madrid, donde debía de esperarnos mi marido; pero ahora es fuerza dilatar el viaje a causa de lo ocurrido. De todos modos, en cuanto se haya tranquilizado por completo y el médico lo permita, nos pondremos en camino.

Debo confesarlo, aunque parezca ridículo: aquel "mi marido" causó en mí una sensación extra?a de frío y abatimiento que apenas logré disimular. ?Cómo, diablos, no se me había ocurrido que aquella joven podía ser casada? Lo ignoro todavía. Y dado caso que así fuera, ?por qué tal noticia me había producido tan áspera impresión tratándose de una persona que acababa de conocer? Tampoco lo sé. Estoy tentado a pensar que es cierto lo que sucede en las comedias antiguas cuando el galán se inflama repentinamente de amor a la vista de la dama. Si yo no estaba inflamado, por lo menos ya tenía el fuego a bordo.

La razón se sobrepuso, no obstante, en seguida. Comprendí lo absurdo y ridículo de mi sensación, y tranquilizándome le pregunté con naturalidad y afectuoso interés por su esposo. Me dijo que se llamaba Emilio Martí y era uno de los socios de la casa armadora Castell y Martí, cuyos vapores hacían la carrera de Liverpool. Además tenía otros negocios, porque era hombre activo y emprendedor. Sólo hacía dos a?os que estaban casados.

-?Y no tienen ustedes familia?

-Hasta ahora no-respondió, levemente ruborizada.

Me enteró además de que ambos eran naturales de Valencia y allí habitaban; por el invierno, en la misma ciudad, calle del Mar; durante el verano, en una casa de placer que tenían en el Caba?al.

Yo conocía algunos de los vapores de la casa Castell y Martí. Le hice presente mi satisfacción en ponerme a las órdenes de la se?ora de uno de los armadores.

Hablamos poco más tiempo. Estaba triste y sentía deseos de irme. Efectuélo al cabo, no sin mantener otro diálogo con D.a Amparo, a puertas cerradas y con intérprete. Pronto se disipó aquella infundada y hasta irracional tristeza al salir a la calle y hablar con los conocidos y emplearme en los asuntos de mi cargo. Pero en todo el día no dejó de ofrecérseme a la imaginación repetidas veces la figura de D.a Cristina. Adoro las mujeres delgadas y blancas, con grandes ojos negros. Mis amigos solían decirme en otro tiempo que para gustarme a mí una mujer era necesario que estuviese en cuarto grado de tisis. Acaso tuviesen razón. La única novia que tuve era una tísica confirmada, y se murió consentido ya y preparado nuestro matrimonio.

Al día siguiente me creí en el deber de ir, como el anterior, al hotel y preguntar por la salud de las se?oras forasteras. D.a Cristina me hizo pasar nuevamente y me recibió con mayor cordialidad aún, llevándose el dedo a los labios e invitándome a hablar en falsete como ella hacía. Su mamá estaba durmiendo. Nos sentamos en el sofá y charlamos bajito y alegremente. D.a Amparo estaba bien, no tenía más que mimos.

-Además (se lo digo a usted en reserva), mientras no concluyan de hacerle la peluca, no hay que esperar verla fuera de la alcoba.

-?Ah, la peluca! Sí, me acuerdo que...

-Sí, acuérdese usted de que se la arrancó, mala persona-exclamó riendo.

-Se?ora, yo no podía calcular... ?Vaya un susto! Pensé que le había arrancado la cabeza de cuajo.

Reímos bastante, esforzándonos por no hacer ruido. Al cabo de un rato me dijo con naturalidad, que agradecí mucho:

-Tengo mucho apetito, capitán, y voy a almorzar. ?Quiere usted acompa?arme?

Le di las gracias y me excusé; pero como no pude afirmarle que había almorzado, dió por resuelto en un instante que almorzaría con ella, y salió a dar las órdenes oportunas. Yo me sentí alegrísimo, y si digo entusiasmado no diré mentira. Mientras la camarera nos ponía la mesa en el mismo gabinete, no dejamos de charlar, creciendo más y más nuestra confianza. Durante el almuerzo usó conmigo una franqueza tan atenta y servicial que concluyó de seducirme. Por sus propias manos me partía el pan y la carne y me escanciaba el vino y el agua. Cuando me hacía falta cubierto o plato, sin aguardar a la doméstica, ella misma se levantaba con llaneza provinciana y lo tomaba de la mesita donde se hallaban.

Yo le contaba burlando la grave ocupación en que me había sorprendido con sus gritos la noche del percance. Reía ella de todo corazón, y me prometía resarcirme cuando fuese a Valencia, guisándome una paella con todas las reglas del arte.

-No es que tenga la loca presunción de hacerle olvidar los callos de la se?ora Ramona. Me satisfago con que usted se coma un par de platos.

-?Cómo un par? Veo con tristeza que me tiene usted por un ser material y grosero. Espero demostrarle con el tiempo que, fuera de esas horas de callos y caracoles, soy hombre espiritual, poético y hasta un si es no es lánguido.

Se burlaba ella, colmándome el plato de un modo escandaloso e invitándome a que no disimulase mi verdadera condición y comiese lo mismo que si ella no estuviera presente.

-No piense usted en que soy una dama. Figúrese que está almorzando con un compa?ero..., con el piloto, por ejemplo.

-No tengo bastante imaginación para eso. El piloto es bizco y le faltan dos dientes.

Aquella charla íntima y alegre me embriagaba más que el burdeos que sin cesar me escanciaba. Y sus ojos me embriagaban más que el vino y la charla. Aunque hablábamos en falsete y reíamos a la sordina, alguna vez se me escapaba una nota discrepante. Do?a Cristina se llevaba el dedo a los labios.

-Silencio, capitán, o le pongo de patitas en el corredor y se queda usted a medio almorzar.

Me invitó a darle algunos pormenores de mi vida. Satisfice su curiosidad, narrándole mi historia, bien sencilla. Discurrimos acerca de los placeres del marino, que ella encontraba superiores a los de los demás hombres.

-Yo adoro el mar...; pero el mar de mi país sobre todo. Este me da miedo y tristeza. ?Si viera usted cuántos ratos paso a la ventana de nuestra alquería del Caba?al contemplándole!

-Pues yo, en Valencia, prefiero al mar las mujeres-manifesté, demasiado alegre ya.

-Lo creo-respondió ella riendo-. ?Oh! las hay muy hermosas. Tengo una primita llamada Isabel que es un verdadero dechado. ?Qué ojos los de aquella ni?a!

-?Serán más hermosos que los suyos?-pregunté osadamente.

-?Oh! los míos no valen nada-contestó ruborizándose.

-?Que no valen nada?-exclamé con arrebato-. ?Pues si no los hay tan preciosos en toda la costa de Levante, con haberlos allí tan lindos!... ?Si parecen dos luceros del cielo!... ?Si son un sue?o feliz del cual jamás quisiera uno despertar!

Se puso repentinamente seria. Guardó silencio unos instantes sin levantar la vista del mantel. Al cabo, dijo afectando indiferencia, no exenta de severidad:

-Habrá usted comido medianamente, ?verdad? A bordo se suele comer mejor que en los hoteles.

Guardé a mi vez silencio, y sin responder a su pregunta dije después de un momento:

-Perdóneme usted. Los marinos nos expresamos con demasiada franqueza. No conocemos las etiquetas, pero debe salvarnos la intención. La mía no ha sido decir algo impertinente...

Se dulcificó en seguida, y proseguimos nuestra plática con la misma cordialidad mientras dábamos fin al almuerzo.

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